Escucho constantemente mi narrativa interior y me gustaría poder desvirtuarla a veces y reencaminarla. En todo caso resulta fascinante su presencia, su multiplicidad de unidades caóticas que como mariposas blancas salen en estampida cada vez que levanto la cubierta para escuchar qué era ese ruido. Cuando escribes esperas que desde el surtidor de tu mente te lleguen los mensajes de humo. Es muy extraño el depender de esta suma de casualidades, o de que exista en tu mente cierta claridad para poder expresar lo que sientes, lo que piensas.
He estado pensando mucho en la naturaleza de mi veracidad. Ya no se trata de ser original, de hacer bien las cosas, de luchar por lo que quiero, de sudar y sangrar, sino de ver en qué momentos del día puedo por lo menos sentir una coherencia entre lo que hago, lo que digo y lo que siento y pienso.
Hoy me he dado cuenta de que lo peor que me pasa es tener miedo, sentir esa multiplicidad de miedos constantes de los que ni siquiera soy consciente. Y me he percatado de que el sonido ensordecedor que a veces me rodea está formado por el tejido de esos miedos. He tenido que hacerme a mí misma unas cuantas aclaraciones.
Mi cabeza es una regadera enmohecida rellena de tierra entre la que crecen margaritas por generación espontánea, y no puedo fiarme demasiado de la percepción que tiene del mundo de un instante a otro. Me resulta difícil la verdad seguirle la corriente. Creo que aunque a veces tengo miedo de vivir en mi cabeza, mis opiniones sobre el mundo que me rodea, los procesos rutinarios, mis relaciones con otras personas, esa conversación conmigo misma me causa un tremendo cansancio, me siento exhausta ante tanta variación de ánimo, y por esa búsqueda incesante. Todo es un tremendo por qué y cómo, y ninguna solución o resolución resulta lo suficientemente estable como para poder descansar y apoyarme en ella.
Así que es fácil ver cómo he llegado a examinar y sentir necesidad por guiarme por esa veracidad. Lo veraz en mí que al menos no tengo que explicarle a nadie más, pero que me ayuda a sentir un punto de apoyo. Es algo en bruto, una especie de éxito amañado, una prenda de la que no te puedes desprender. Y en mi caso las explicaciones son engañosas y agotadoras. Todo lo que sea justificar tus motivos y tu presencia ante el mundo es una complicación nata. Las explicaciones tienen una coherencia forzada, mientras que la veracidad está nutrida por su propia existencia.
Me estoy dando cuenta de que si hubiera escrito esto en inglés hubiera sido muchísimo más fácil que tuviera sentido.


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