lunes, 28 de noviembre de 2016

Observando

Noto cómo se me va bajando el ánimo por un despeñadero. Todavía puedo hacer cosas, pero me encuentro cansada y tengo un poco de ansiedad. Creo que es por no haber dormido bien hoy, pero también porque estoy empezando a medir mis fuerzas, calibrar los retos, desenfundar los miedos. Ahora tengo que enfrentarme a la vida y hacer todo aquello que he dejado pendiente todo este tiempo, y además se supone que ya he dado con la solución, que ya estoy poniéndome mejor y que está pasando todo lo que tiene que pasar, y tal vez tenga miedo de que esto no sea suficiente. 

Me doy cuenta de que noto ansiedad, y que debo intentar apaciguarla. Estoy preocupada por I., quiero que esté bien y que no sufra, e intento darle ánimos. Cuando ella está bien, yo estoy bien, esa es la realidad. Estoy preocupada por Mami, la veo vulnerable y frágil. Pero tengo que empezar a observar su fortaleza, su presencia, su belleza, lo mismo que soy capaz de ver en I. aunque me duela su dolor. 

Tengo que darme cuenta de que la ansiedad es difícil de controlar. Voy a continuar leyendo hoy, y me voy a ir a la cama prontito para estar lo más descansada posible mañana. Pero antes de irme voy a ver qué tal me encuentro tras haber leído un poquito. 

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Sí, me encuentro mejor. Mi estado de ánimo ha mejorado, y me siento más arropada. Estoy leyendo las cartas de Janet Flanner y me gusta su sinceridad, su apertura hacia sus propios sentimientos, su sentido de la observación. Ahora me voy a ir a la cama porque francamente estoy agotada. Mañana será otro día, y espero sentirme mejor en general. 

Me pregunto qué sienten todas esas mentes lectoras que absorben cientos de miles de páginas al día. Qué tránsitos emprenden, qué emociones sienten, qué necesidad tienen de leer. Creo que me está resultando más importante entender por qué se lee que por qué se escribe. 

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