jueves, 8 de junio de 2017

Lecturas

La mente tiene que encontrar una forma de enrocarse, de encontrar un refugio limpio, donde la frecuencia de refresco es diferente y existen muchas ganas de volcar el material de lo observado. En casa será más sencillo, porque voy a comenzar a disponer de lo que he escrito y voy a ordenarlo, encuadernarlo virtualmente, regenerarlo y revivirlo. 

Pero ahora la disposición literaria se encuentra abochornada, errante y huérfana. La capacidad de acción no está completamente mermada, con lo que debo utilizarla como reducto para la capacitación, para encender la chispa de silicio y rastrear el reguero de humo. Sí, existen muchas distracciones, pero también el fuego rebosante de la verdad, el descubrimiento cotidiano de la belleza, el resurgir de la fuerza por vivir. No es un misterio aunque sea misterioso. 

Pienso en que necesito un orden, sobre todo cuando observo mi desorden. Una rutina. Pero el orden no es más que una pausa en el remolino de la acción, de la pulsión por hacer que se ha conseguido contener en una botella para ayudar a que la creatividad florezca en el espacio ocupado por el desorden. Sólo tenemos que decidir que algo esté recogido, posado, instalado de una determinada manera para repetir el movimiento sin pensar a partir de ese instante. 

Sin embargo, existe un recorrido en las lianas de la rutina que abotargan y secuestran la felicidad: la duda, la confusión, la amnesia, el dolor de sentirse perdida. 

De repente, al volver a trabajar, aparecen múltiples oportunidades de visualizar el material que se encontraba en barbecho. Las ideas, los recuerdos tangenciales comienzan a visualizarse como fantasmas dormilones y caprichosos, como pequeñas candelas que apenas iluminan la oscuridad de la inmensa caverna donde todo se recoge y procesa, donde anida la memoria. Y esas llamaradas tienen el potencial de hacer darte cuenta de que en la vida sin literatura, los vocablos se recogían igualmente, se impresionaba el subconsciente, y la búsqueda a la deriva de actualización personal, aunque iba de puerto en puerto tocando el máximo número posible para ver si allí se encontraba el hogar, tenía su razón de ser. Podría tratarse de un crear sin apartados, sin ruta, desperdigado y obsesivo, pero sin itinerario. 

Ahora hay que establecer nueva morada y reglas en esta república. Ha sido mucho tiempo sin orientarse, sin comunicarme conmigo misma. Los ataques han sido constantes y la desesperación tras enmudecer ha sido muy dolorosa. Ahora tengo miedo de que los objetos maravillosos que ha traído esta marea a la arena de la playa se los vuelva a tragar el mar porque no se enraícen, no quieran quedarse. Que la persistencia de la memoria sea mínima, poco confiable. 




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