sábado, 4 de enero de 2020

Las olas

Aquí estoy, casi olvidándome de hacer esto. Tengo que ir a casa mañana, pero no puedo llevar muchísimo peso, tengo que pensármelo. He hecho mis deberes con respecto a reaccionar a las dinámicas familiares. Ayer vi claramente cómo la forma de hacer las cosas de mi hermana, tan caótica, nos afecta y me hace reaccionar de una determinada manera. Termino pensando que su visión de la realidad es real y que he de actuar como ella plantea. Pero tantas prisas y tantos obstáculos, que en realidad son evitables, no son reales y es mejor no caer en ese pánico que moldea su vida y su carácter en estos momentos. 

Ayer también vi que hubo varios momentos en los que mi propio juicio estaba sesgado. Llegó un momento en el que yo ya no podía más, que tenía hambre y sufría un bajón de glucosa, y me enfadé por mi hermana por habernos tenido ahí tantas horas. Salí antes que ella a buscar un café, y al final no llegué, tuve que dar la vuelta y volver a buscarla y darle su abrigo. También vi que en una tienda donde yo había preguntado algo, ella siguió pidiendo a persona tras persona que me ayudaran, y yo ya había perdido la paciencia. Vi a los peques comportarse de forma egocentrista y me pregunté por qué tenía tantas ganas de pasar mi vida ayudándoles a pesar de no recibir gran cosa a cambio. 

Luego, cuando ya había comido y descansado, volvía a verles como pequeños animalillos juguetones, me di cuenta de que me tenían afecto y que me hacían reír, y volví a ver a mi hermana como necesitada de afecto y ayuda. 

Al volver a casa vi que mi madre estaba más tranquila y fue más llevadera que por la mañana cuando parecía un basilisco. 

Ahora voy a arreglarme para salir aunque no tengo muchas ganas, pero quiero darme ánimos y también sé que debo tener en cuenta que soy víctima de mis estados de ánimo, a veces drásticamente, y que la mente se adueña de nuestro espíritu en esos momentos. 



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