En estos días he estado pensando que ha llegado el momento de crear. En parte, porque es una manera de estar en el mundo, y de ahí surgirán espacios para seguir haciéndolo. Y también porque es una forma de parar, de dejar de pensar en el futuro, de centrarme en un espacio estanco que me separa del mundo y me mece en su vientre.
Escribo sobre los puntos más desvalidos del ser, los que simplemente quieren existir y son testigos del naufragio o parte del mismo, no sé. En todo caso ahí están, con los brazos tendidos hacia mí, esperándome sólo a mí, anhelando mi atención y que los desvele.
Los puntos ciegos, las fugas de las líneas, el trasfondo del paisaje, las roturas en los cristales, las iras ciegas, las lágrimas ofuscadas que quisieran arañar la tierra y volverse esculturas de carbono.
¿Son bellas estas partes de mí? ¿Estas palabras? Pfff, ni idea. Necesitan de un día o dos para ser toleradas, de varias semanas para alumbrar nuevas ideas, y esclarecer lo que en el momento de ser pronunciadas por el alma o por las vísceras se estaba viviendo. Y tiempo para que retraigan sus garras y aligeren su peso. Cuando ya no somos esa persona, cuando ni nos acordamos de lo que nos acechaba y hacía presas del pánico, la vergüenza, la preocupación.
Pero hay algo más. Son las razones del corazón. No las del raciocinio, o las de una toma de decisiones dolorosa pero justa. Las razones del corazón se nos escapan por los descosidos, y nos mecen en el más absoluto de los desvaríos, a veces. Son el sueño febril, y en algunos casos, el atrapasueños.
Las razones cardíacas y su ritmo marcial, los redobles de un músculo caprichoso, y rebelde. La inspiración las perfila, la intuición las reverbera, las respiraciones profundas las calma. Las razones del corazón son las que nos llevan a trueques incívicos, al dolor y el destierro ... o a la gloria y al éxtasis, si hay suerte.
Son razones ingenuas que se cuelan en nuestras conversaciones, en nuestro ser consciente y manipulan nuestras acciones. Son ecos de narraciones pasadas, del adn y la mitocondria, del ser infantil que experimenta con uranio, sin saberlo.
Las razones del corazón me han empujado a cambiar de país, a perseguir a un gran amor, a cegarme con un desamor vestido de forma impactante.
Ahora quiero alinearme con ellas, nadar en el mismo sentido, desembocar en el mismo río. Escucharlas, tolerarlas, darles cobijo, dejarlas enredar y discutir entre ellas. Recibirlas todas las mañanas con curiosidad, y acostarlas para que prosigan su sueño de una noche de verano todas las noches.

0 Comments:
Post a Comment