jueves, 1 de abril de 2010

Esquinas



Me apresuro lentamente a una impugnación con permanencia de una autoridad externa que surge de cada esquina con arrogancias. Es una máquina de truenos con cajas de cartelería trasparente y traslúcida. Me propongo también ímpetus perfectos de salientes y fisuras a punto de dar fruto en procesos mentales deslogados y luminosos.

Son agentes de pares de cobre aislados, arrinconados en sus puestos, incandescentes como es sabido, apaisados y febriles por naturaleza. Son ánimos descompuestos y descolocados insertados en saetas mínimas, como historias mínimas que no desfallecen y bloquean los ritos de paso.

Si me encuentras me verás ligada a enterezas fijas y pasables, físicas y maniobradas entre ratos y respiros de dientes de león inspirados por el viento ascendiente suave y caliente de verano. En estas rondas callejeras sobrevivo sin el tesón suficiente para interpretar fielmente el pasado y sus longitudes rectangulares de ladrillo encarnado en su carne rojiza. El polvo se mece en las crispaciones de los devaneos del tiempo.

Las cajas con problemas pueden ser fundidas en un momento dado, intervenidas o liquidadas en dunas molidas de semillas. Su marcha coincide con aniversarios aniquilados por haber pasado el tiempo hiperbólico de su puesta a punto; inexplicables surcos de ese tiempo sufre devaneos y síntesis orgánicas y sintéticas acorde a los alisios curvantes.

Entera y encumbrada, mi capacidad fantástica trepa los topes alternos superiores de los edificios desiguales, y su desigualdad informa los solsticios de ciclos cardianos, superiores en número a sus limitaciones, sin sufrir las pérdidas causadas por las pistas falsas, sin plegar los bordes, los aparejos de los crustáceos en paradero desconocido en extravíos histéricos, lentos y victoriosos.

Para mitigar estas dificultades se ciernen los daños colaterales de la incertidumbre que se confunden con la realidad sin solución alguna de continuidad. Las imágenes de las maravillas alzadas, neptunianas y oceánicas se reducen a la inmersión en los fondos marinos, para atragantarse y ahogarse en toneladas de espuma cardada, como los secretos que albergan, apenas desvelados por las pequeñas crestas y costras de los despejados arenales tras los revuelos tectónicos. Estas joyas de origen celeste y transoceánico están levemente descubiertas por las redes frágiles de la arena incrustada, y permiten una inspección detallada si breve como un sueño despertado. Desprenden luces cenitales en columnas verticales en las que no priman ni los reflejos ni sus luceros; es fácil, intenso y poco accesible a los cuerpos orgánicos, al ADN programado sin tregua para comportarse de manera biónica: nosotros los seres humanos.

Los cercos de la superficie de los fondos marinos se repliegan como resoplidos de morsas nocturnas y lunáticas, y con los remolinos de las carnes inmensas y exageradas de los elefantes marinos varados sin remisión en muertes de soledades inertes quemadas por el sol. Muertes innecesarias y previsibles transitadas por turistas que sacan las cámaras de fotos y las fotografían en directo con total impunidad y ácida indiferencia. Los clics de sus pistolas humeantes causan estragos, vaivenes peligrosos de las mareas, pero no les importa. No les importa nada. Nada en absoluto.

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