domingo, 16 de mayo de 2010

Cambios


Estoy reflexionando sobre los cambios que acontecen en la vida y en cómo cambian tu carácter. No es fácil apreciar sus sutilezas. Es posible notar la falta de energía o de espíritu combativo con algunos asuntos. Pero las modificaciones en el carácter las noto con el transcurrir del tiempo y una vez compruebo mis propias reacciones ante los acontecimientos.

Por ejemplo: antes encontraba una respuesta para todo. Tal vez en casos de desesperación esas soluciones sí las sentía trágicamente fuera de mi alcance, pero siempre he apuntado alto, tal vez sin sopesar correctamente los pasos intermedios y básicos para llegar hasta allí. He buscado atajos por esa sensación de potestad, por creer que tenía derecho al algo y prisa por alcanzarlo, tal vez acomplejada por ver pasar el tiempo en remolinos de inseguridad.

Por eso ahora, tras las últimas tragedias familiares y mi estupor, mi silencio, mi arduo trabajo piedra a piedra, mi necesidad de protección, me mantengo callada, expectante, a veces paciente, más paciente que nunca, pero al mismo tiempo crispada. La crispación da paso a la resignación y en último término a la observación alejada del dolor.

Veo el dolor y lo siento. Quiero ayudar, quiero participar, quiero adelantarme, quiero ser indispensable, quiero que puedan contar conmigo y sentir que arropo su pesar, su necesidad de cariño y comprensión. Quiero hacerlo todo aunque a veces me quede con tan poco que ofrecer. Intento valerme con intenciones nobles, pero a veces a corto plazo soy incomprendida. Más adelante confío en que se me entienda, se esclarezcan las dudas sobre mí. Que pueda trasmitir mi fuerza a la otra persona, aunque ella no pueda utilizarla hasta más adelante. Que nuestra relación sea entre iguales, sin victimismos, donde ambas personas podamos identificarnos.

No me importa ser válvula de escape, por supuesto quiero ser un hombro donde resida el consuelo, pero no puedo evitar reaccionar como lo hago ante ciertas situaciones de crisis donde hago lo que puedo o digo lo que puedo. A pesar de las críticas siento que hago lo imposible, o me siento impotente, o simplemente no puedo reaccionar en el momento. Se me acusa de poca flexibilidad, de egoísmo, de egocentrismo, pero ¿qué puedo hacer? Me siento desmembrada, explotada, agotada, limitada.

No quiero perder el norte, mi orientación porque luego causo más problemas realmente que los que pudiera mitigar.

Pero intento entenderlo para comprender lo que está sucediendo, tengo que alejarme. A pesar del caos creo que entiendo cada vez mejor cómo se desarrollan los acontecimientos, su significado, su trascendencia. Por lo menos, y a pesar del tsunami de puñales y tonelaje arrollador, consigo sacar la cabeza de vez en cuando para tomar aire. Muy a menudo mi única respuesta es el silencio; es muy difícil responder a una pregunta mediatizada por una cadena distorsionada de suposiciones y acusaciones. En todo caso, muchas preguntas y comentarios a gritos no son sino retóricas.

Otras veces el alud de dolor, forzando la reacción, destruyendo el tejido mismo del derecho a réplica sin acritud, se vuelve ácido y corroe la comunicación misma. Y también es duro expresar tus verdaderos sentimientos cuando los impactos y esquirlas de los daños colaterales te rodean por doquier. Es muy difícil conservar la integridad de pensamiento sin flaquear con confusión.

Sigo con pesadillas y gran inquietud, tengo que tener cuidado con lo que hago antes de dormir. En algunos casos no se puede dormir si te tomas un café. Mis sueños son agotadores, intensos, movidos, agobiantes. No consigo descansar correctamente. Esto es una constante. Ojalá pudiera romper este círculo que me acorrala. La actividad encauzada me ayudaría mucho, lo sé.

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