martes, 25 de mayo de 2010

Gambiarra


Precipitación intensa, relatividad en la (de) construcción absoluta. Repetición y un ancho debate que se localiza en el canal entre la laringe y el tórax y su chaqueta metálica con sus mecanismos de fuelle manual. Rescatar piezas desaparecidas del puzzle inmediato en aquellos momentos de vida. Y eso tiene un precio.


Inspiración y clasificación: aire libre y restricción en vacíos estancos, polisémicos. Revelaciones claras y vidriosas que no acuden en momentos bajos, aunque fueran necesarias; precisan de clarividencias intuitivas, réplicas rabiosas de bioquímicas de gas con recidivas de gloria.

Las intromisiones manuales y sus técnicas de manipulación intuyen la desaparición de los ritos atávicos imaginarios. Se transmite la energía con ánimos telúricos, con organicidades paralelas y anclajes soñadores. Sueñas porque el hambre y la humedad no te dejan dormir. Las alimañas de la nocturnidad te sumen en un estupor vigilante. No te dejas hechizar por el opio de las sirenas luciérnagas ni por el peligro y sus susurros. Los destellos de luz de las noches más cerradas en la vastedad sin asfaltar, sin tendidos eléctricos, son en realidad las huestes del frescor de veneno, las miradas de reptiles y depredadores imaginados o reales. Pero el miedo no le roba la belleza a la noche sumida en los rumores tranquilos, a pesar de la inquietante cercanía del apocalipsis. Tienes que refinar tu gusto por lo extremo para posicionarte en el radio de la supervivencia. Tienes la suerte que desde que fuiste concebida has vivido para satisfacer tus pasiones, has sido tránsfuga en cientos de hogares diferentes, has amado y te has extasiado sin agotar tu capacidad de asombro, sin dejarte despiezar por la mediocridad de los nuevos amaneceres.

Siembras procesos manufacturados para inyectar anticuerpos de pequeña artesanía. Soldar, trenzar, reinventar, biodinamizar, recuperar técnicas y especies desaparecidas con ADNs nonatos de cepas ignotas. Reflujos comunitarios de amplias aldeas globales que saben moverse rápido hacia la eternidad.

Materiales impresionables como una película de estaño y cobre con aspiraciones fotográficas. Éxodos primarios de universos unicelulares abrazados a árboles árabes de pura sangre y fibra. Huidas callejeras, domesticadas, moleculares. Simpatías derrochadas y fluctuantes, excesos de miserias sublimadas, anegadas en prisas, publicadas en diarios reflectantes por sus platonismos siderales.

Quiero adentrarme en el taller de mi bisabuelo, el pintor, y respirar la amalgama de sustancias suspendidas en los atriles del aire. Quiero observar la realidad rota desde los cristales de los amplios y ágiles ventanales. Necesito reivindicar las hechuras de la tierra y ciénaga arcillosa de mis marismas internas, de los juncos de mi pensamiento, con su verdor brillante cosido a las infibraciones musculares de mi ventrículo cardíaco.

Gambiarra improvisada e inalterable, porque sí, sin identidades lavadas por la lluvia amazónica, resguardadas en roca de las cuevas inexistentes. Con su desorden vivo, inabarcable, sin rencillas, enarbolado en nudos gordianos de yedras de mimbre petrificado. Sus jardines zen esculpidos desde dentro, como erizos marinos y mártires desafían las fronteras creadas entre piezas descuadradas, inciertas y violentas. Con sus varas de apuí entremezcladas en la sofocante dependencia e inviolabilidad de la persistencia de su memoria. Con sus gritos imbricados en salvias fogosas y rémoras de nervio atesorado. Continentes nuevos y desabridos, inasequibles y magnéticamente atractivos para precipitarte en las barreras de la perdición y tus yóes oscuros, con sus Dorian Grays particulares, sus espejos deformantes sin damas de Shangai ni excentricidades iluminarias.

Vastas mesetas de territorio, de poblaciones jóvenes sin nada que perder, ni aunque perdieran su vida. Las oportunidades no existen, tan sólo el don de la oportunidad. Las poblaciones se lideran para alimentarse de ilusiones pioneras que no necesitan copiar los continentes viejos y mortecinos en sus ignorancias históricas. Su emergencia la ha sido siempre; la improvisación es una palabra aviesa debido a la insólita precariedad. Las acciones son iconos de futuro donde los pasados avergonzantes no cuentan: tan sólo la intuición atávica, reimaginada, diseñada tras múltiples exterminios y extinciones fenixianas, resurgimientos en los márgenes de la imposibilidad, pérdidas esenciales a las que hay que dar la espalda y olvidaser la cuenta atrás. El inmovilismo se reserva a los paisajes que sin embargo se comportan como dunas móviles. Es la invención de la vida o la nada.

Son las fuerzas centrífugas de las direcciones bicéfalas que no saben si vienen o vuelven o se retiran como mareas nocturnas de lunas enajenadas, y remover las imprecisiones de la vuelta. Retornos sin solitudes cursadas, sin añoranzas, sin esperas. Cambios ágiles por obligación, sin las equivocaciones del pasado, sin las aglomeraciones del futuro que hay que planear con décadas de antelación, porque hasta el día a día es escaso, y la memoria no dura lo suficiente para impresionar las finas capas de minerales fósiles, porque la vida no dura lo suficiente y se reboza y embarra con la desventaja.

Gambiarra, donde lo local es un milagro y lo familiar la domesticación de lo añorado. Saber moverse rápido para no caer y yacer en el minimalismo de una muerte inútil y anunciada. Escabullirse de la guadaña sin rendirle la menor veneración. Manipulando empalizadas para encararse con valentía a los minutos restantes.

Y, sin embargo, crear eternidad y ser lo más grande.



Para Haití y Brasil




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