martes, 5 de octubre de 2010

Atrezzos floreados de las cuartillas de Hemingway


Sobrevenires atentos a palabras desmontadas en el pasado. Indiferencia ante la banalidad y transitoriedad de nuestros presentes.


Fumigo las culpas que me produce mi inadaptada y sempiterna aversión a la normalidad embotellada, y observo detenidamente cada detalle del ademán de Hemingway sentado, calado en la arquitectura ósea del escribir, con los labios relajados entreteniéndose en la mueca propia dibujada y estampada por la edad que sobresale entre la barba canosa.

El puente de sus gafas congelado en el tiempo, la gravedad y el descenso superfluo determinado por su peso y propulsado por en deslizamiento provocado por el sudor, sin atreverse a destruir la concentración del escribir.

Cuartillas enrolladas por sí mismas en bucles móviles y atrevidas de las páginas ya escritas y relevadas al lomo del cuaderno vertical.

Imagen en blanco y negro, en toda justicia como debe ser, anexa al sentimiento de profundis al escribir mecido por el vapor de la condensación pegado a las paredes del cuartucho soleado del hotel o pensión de turno.

Una mesa simple y básica de madera con ciertas vetas esenciales ennegrecidas en mates por diversas actividades pasadas en consonancia con el vertido de imágenes apalabradas en la mente del nativo de Chicago.

Las cuartillas nadan en espacios de puntos a rellenar como un formulario rutinario. Deseo la mesa, me ayudaría a escribir sin tapujos. Yo también necesito una silla única, una ventana única. Debo prescindir del mimetismo y no colocar un vaso de whisky barato que multiplicaría la temperatura de mis oídos. La marea caliente que se gesta en el punto álgido de ese aumento de temperatura y acidez creada por el exhalar profundo de los pulmones y fosas nasales conectadas en expiaciones oxigenadas y fuegos fatuos.

El sonido del reloj de manillas convalecientes por la decadencia de su premeditada y agonizante caída al vacío.

Escribir con ruido: qué placer desdoblarse y crear paralelismos y empalizadas con los muros templarios de la realidad. Qué necesidad imperiosa de hacerlo. Ignorar el dolor acumulado durante años en la coraza corporal. Acomodarse en la silla y el bolígrafo que queda después del expolio de cientos de litros de tinta pegajosa y evaporada en grumos a lo largo del turbo de conducción perezosa hacia el rumiado rodamiento de la punta del bolígrafo que como un rodillo aplasta y secciona los átomos del papel.

Suspirar en caso de utilizar una lámpara típica del despacho de un detective en una película basada en una novela negra de los años cuarenta.

Lo esencial para mí es una ventana. Hay que situarla en el lado adecuado para no ensombrecer la cuartilla con la sombra de la pinza formada entre la genuflexión del índice y el pulgar, muestra evolutiva de nuestra vocación Proustiana.

Podría ceder ante la eminencia de los pantalones plisados color blanco corrupto que Heminway arrastraba por medio mundo en sus perneras viajeras. Secuestraba la página con palabras embelesadas con el zumbido y vuelo circular de un abejorro insistente asimilando las retóricas de una mente lúcida.

Sin embargo, el escribir no te hace inmune a las happy depressions, a las nubes borrascosas y amenazantes de los chubascos embestidos por la gota fría que se enquista como una pepita ácida provocando un escozor e indisposición desmedida e infernal. No desestimes las precavidas huidas.

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