miércoles, 6 de octubre de 2010

Ventanas


Sin ventanas no se puede escribir. La luz velada y la persistencia en la memoria de la presencia de oxígeno reciclado, la mirada que vaga expectante, en plena pausa de la concentración cuando la frase se recompone. Es el bálsamo requerido para alentar el alma literaria.


Un fogonazo de luz al recordar todavía los ruidos del viaje en tren, como si se siguiera bamboleando y deslizando el cuerpo en los estuarios y recortes del recorrido.

El sentirse en pleno viaje a pesar de haber atracado en el puerto de secano de una habitación de hotel y la luz mortecina yazca en un telón de pleno silencio. La murga enredada y extensa de ese recuerdo sonoro y muscular se extiende por el talonaje del peso del tiempo.

En el momento en que se frena su rigor será necesario levantarse de la silla. Retozarse en el sopor apenas unos segundos sin permitirse muchos más, lanzar de nuevo las ropas desajustadas en la presión de la vieja maleta (acarreada a mano al vacío del pensamiento para asegurarse de que no se llene mucho y el viaje sea liviano).

Y dejar la puerta abierta de la habitación tras pulsar el interruptor para el próximo residente de la estancia donde dejas rastros de una mente en plena ebullición.

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