De paquetes de datos consecutivos, ordenados e inminentes.
Transcurro algo reducida y encerrada, pero aún mantengo el rastro de mis vísperas. Busco las coordenadas exactas de la cartografía de mi llamada a la acción.
A diferencia de otras personas, yo a veces sólo puedo seguir mis pulsiones rutinarias conjugadas en un plan de ataque premeditado. Me mantengo en la retaguardia, entre bastidores (oscuros y tenebrosos a veces) rastreando mis cosmologías, reencuentros y velcros extraviados.
No reflexiono sólo con el razonamiento pues éste cada vez me falla más sin la absorción esencial de la intuición. Así que me dedico a afinar ésta, huyo y me escondo de plastificados planarios, busco luces internas y tenues de luciérnagas, y arrullos de tréboles que se esconden detrás de la falda de los brotes tectónicos y sus rebordes afilados de roca.
Es difícil localizar el estampado febril de las sombras, porque son manchas sobre negro. Estos tréboles son reales y no imaginarios. Son metáforas sonrientes de los rocamboles de las fantasías que se negocian durante mis días. Son criaturas que generan las chispas de rocío y que calientan los vapores fríos de la madrugada como carromatos musicales diminutos, flotando como globos aerostáticos.


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