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Prosiguen los circuitos correderos que persiguen verdades absolutas, las rinconeras donde se acumulan cuarzos de verdades inéditas, respuestas a cuestiones del alma, inversiones del pasado, piedras semi-preciosas reveladas entre las grietas de los movimientos sísmicos.
Crecen las dudas, las certezas sobre esas dudas, las pérdidas tras esas inversiones de fe. No es sencillo escabullirse a la realidad. Todo esto está gobernado por los alfiles decadentes de la neurología y los peones neurotransmisores.
Es una lucha constante por el ser activo frente al reducido, por una presencia corporal de tu consciencia interna, de tus eslabones interrumpidos.
Gastas demasiado tiempo estabilizándote, dejándote llevar por las metodologías sociales y logísticas del día a día, y al mismo tiempo rechazando las convenciones, las imposiciones externas a tus pensamientos tangenciales, las interrupciones y avasallamientos de los que se te antojan sinsentidos, y que siempre lo serán mientras tu esencia no prevalezca. Es un inconformismo que se sustenta en el análisis agotador que desperdicia tu tiempo y tu desgasta tu energía vital.
Te gustaría encontrar otro modo, aunque antes lo tenías servido en el plato de otra sociedad, otro país. Pero ya no estás en Londres, ya no te rodea la efervescencia creativa sino las imposiciones de una sociedad que es conformista sin saberlo, que se entronca en el esqueleto histórico de una razón jalonada de anquilosamientos, de dejes improductivos, de sometimientos. Para salir adelante y desmarcarse es necesario caminar sobre los márgenes sin marginarte, rebelarte sin cansarte, trabajar a destajo para olvidarte del ruido, de las imágenes, de la fuerza bestial que intenta hacerte pasar por el aro.
Necesitas toda una vida pasada por aquí para entenderlo y liberarte tal vez sin esfuerzo. Es posible, pero para eso debes encontrar tu sitio. Un sitio que está mucho más cercano de lo que parece, un sitio a tu lado, para llevarte siempre contigo, para no desvincularte con tu yo, para ser fiel a tu esencia, para no contaminarte con los empellones tóxicos de una sociedad anclada en un pasado polvoriento.
Es como salir de una ciénaga, preparada para un baño en un lago de aguas cristalinas serenas y renovadas. La sensación puede venirte a ráfagas o de inmediato. Pero yo siento que acarreo unas cadenas de acero de las que en el fondo me zafo como una ilusionista pero sin salir de la cárcel.
No quiero sentir en mi piel los reduccionismos de la sociedad en la que vivo como un sello ardiente que me quema y cataloga.
En el fondo todo es más sencillo de lo que parece, y antes solía lograrlo con cierta naturalidad. Vivía en ese espacio donde todo lo creativo tenía sentido y conformaba y solapaba mi vida. Es un estado indiferente a tus limitaciones, un sentir luminoso pero que sin embargo no ciega con su luz. A veces es plenitud plexo solar, emborrachada, iluminada y contagiosa. Otras es impertinente, impetuosa. Reside en la suspensión en el momento, en el segundo, en el polvo brillante que viaja en el aire, entre líneas, en ensoñamientos de la razón, en emociones innatas que alimentan la pasión por vivir en tu cuerpo y con tu historia personal.
Echas mano de aquello que de otra forma no sería más que una avalancha de cachivaches inservibles y entrometidos, de la información acumulada, de la inmensidad de tus bifurcaciones y encuentros. No es un hecho externo únicamente, pero sigue tu propio criterio y no se rinde al sentir público, a menos que quiera compartirlo.
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