sábado, 11 de febrero de 2012

Crónicas apaisadas imposibles



El cursor parpadea pero no puedo hacerme a la Moleskine en la que también escribo porque te acostumbras a la inmediatez, a la retención inmediata de tus silencios y teclear, a la instantánea de tu verbo y su publicación.

Por eso he estado varios días atrapada en la intermitencia, en el deseo insatisfecho, buscando una paz que no llegaba porque estaba rodeada de artilugios electrónicos que no funcionaban como deberían. Estaba desconectada del mundo, y eso me hacía sentirme un poco daltónica, y se me hacía muy cuesta arriba volver a acostumbrarme a mi letra, al espacio más pequeño, a la página sin luz ni parpadeos, al ruido rítmico de mecanografiar, a la sensación de tener un whisky al lado sin que haya whisky ni pluma ni crónica que escribir, pero al menos el ordenador te da esa sensación.

Es el saber que puedes marcharte, dar la vuelta, y que a tus espaldas perviva tu trabajo sin que nadie tenga que encontrarlo cuando te hayas ido.

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