Me resbalo indolentemente por el cuero curtido de este sofá y termino en la disyuntiva entre dos cojines. Mi columna, que últimamente no se encuentra tan flexible, se retuerce incómoda y no termina de adaptarse a la curva importuna que le exige mi postura. Dejo enfriarse un café recién hecho, simplemente por desidia, para que no se quejen mis lumbares. Estornudo con la corriente de aire macerada por el sol, y mi cabeza es como una olla a presión donde mis fosas nasales hacen de espita para la salida de vapor.
Se me deja
responsable de tomar las decisiones adecuadas, y termino alcanzando el café con
un estiramiento imposible del brazo que termina en el paroxismo hasta el hombro. Devolver el café a su sitio después de una salva de sorbos es demasiado
esfuerzo; esto no da para más.
Me contento con que no muera el ordenador y me robe estas reflexiones postreras. Tal vez la
desbandada de dopamina causada por la ingesta del café pueda hacerse notar.
En todos estos años
de vida todavía no he aprendido a motivarme.
(Entonces pasan un
cierto número de horas, y el momento cambia de cariz sin que haya parado a
observarlo. Es tan sólo después que reparo en que el dolor de cabeza ha
cambiado de lugar y se encuentra ligeramente ladeado).


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