Hoy vino mi sobrinita, la bebé, mi hermana y mi sobrino a buscarme. Mi sobrino de cinco años subió a mi diminuto piso para que yo me cambiara porque bajé a la calle prácticamente en pijama sin saber que eran ellos, y me dieron una sorpresa, porque habían venido a sacarme de casa, a animarme. Se sentó en mi sofá como un caballerete, sus botitas sin tocar el suelo, mirándolo todo. I.B. llamó, él supo que era ella aunque le mentí, y hablaron de la Wii de Mickey Mouse. Antes de terminar él le pidió que no colgara, yo cogí el teléfono y hablé con ella unos segundos.
Fuimos a un restaurante de comida orgánica y la bebé se echó encima el zumo de manzana. Le quité los pantaloncitos y le puse mi sudadera polar gris encima, pasándole las piernecillas por las mangas, y abrazándole el cuerpo con el resto de la tela suave y amorosamente arropada. Ella ha estado feliz con este apaño, corriendo como la hormiga atómica por el restaurante, cayéndose en el parque, bailando, comiendo patatas en la silla con las piernecitas regordetas enfundadas en mi sudadera favorita, cantando conmigo entre patata y patata, entre sorbito y sorbito del zumo de manzana.
También ha pasado algo extraordinario. Mientras íbamos al restaurante a un chico en moto le dio un golpe en coche y cayó al suelo. Yo le estuve sujetando la mano durante media hora mientras venía el SAMUR, su mano estaba congelada, en ningún momento se quitó el casco, y sólo le vi los ojos verdes tristes. Durante todo ese tiempo mi sobrinito me llamaba desde el otro lado de la calle para que fuera con ellos. Los policías le dijeron al chico que no llamara a nadie. Yo me enfrenté a ellos.
Le dije mi nombre antes de correr hacia mi familia, y él me dijo que se llamaba Carlos. El SAMUR no había llegado, los policías seguían de pie, él seguía tirado en el suelo, otra chica le sujetaba la mano. El conductor del coche estaba de pie hecho polvo, con los ojos húmedos todo el tiempo. A Carlos le dolía la cabeza y estaba en shock, pero le hice que siguiera mi dedo con los ojos, no le tocamos el casco. Le estiré los brazos para que los apoyara en su regazo, le dije que estirara las piernas porque las rodillas estaban flexionadas. Quería que se relajara, que se olvidara. Se había dado un golpe muy fuerte en un muslo. Le sujeté la mano raspada por el polvo del asfalto. Se la calenté. Volvió a estar fría cuando me iba.
Hoy no podía dormir, mi ansiedad me mataba, no podía dejar de llorar, me revolvía atormentada en la cama. Son las seis de la mañana. He bajado de la cama, he cogido la sudadera que huele a bebé, a dulce lactancia, a polvo de correr, a sus piernas, a mi hermana, a mi sobrino, a nosotros. He cubierto mi almohada para que el olor me rodee. Estoy durmiéndome, mis ojos se cierran, finalmente está empezando a ir todo más lento, el calor del día se ha levantado del suelo de la calle y ha entrado en mi habitación por la ventana. Ya no me despertará el latido desaforado de mi músculo cardíaco.


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