sábado, 31 de marzo de 2012

Luces del norte shooting stars



Estás sobre un campo de minas, en el tiro al plato, encima de un paisaje de cráteres lunares, en el núcleo atómico de la narrativa de tu compulsividad metálica.

Quieres dejar de jugar tu propio juego que consiste en sumergirte hasta la apnea por esa necesidad obsesiva de tocar con la palma de tu propia mano en el fondo marino. 

Pero no creas que están ahí sólo las lovely, oh, so lovely estrellas de mar. Ahí residen los tritones, las serpientes míticas que se retuercen y cameleónicamente te embaucan y semejan campos de arena hasta que te tienen en el centro de su curvatura colectiva, en su núcleo. 

En el núcleo cierto del campo de maíz, con su amarillo insoportable, sobresaturado y cegador, que no debería ser la pesadilla con la que te atormentan, sino tu sueño ilusionado. En el centro mismo, en un sinsabor constante de sordidez, con la boca seca, con tentáculos atractivos que se hunden en tu garganta como cuchillas si intentas cualquier amago de tragar, con erizos malditos prendiéndose más adentro, en tus pulmones cada vez que intentas desesperadamente salir a la superficie a respirar, explosionando tu caja torácica, como un montaje mecánico aplasta los pulmones a cada replegar, los esclavizan y encadenan a la forma de un fuelle gigante y carcomido que tarde siglos en movilizarse, que en vez de proporcionarte balones de oxígeno te los niegan al succionarlos en su aprisionamiento estanco.

Y tú quieres sobrevivir, que para ti no es sólo estar ahí soportándolo, sino que siempre es algo más, porque la música que escuchas en tu cabeza pero que no puedes tararear porque te falta el oído, te falta el espacio, te falta el aprecio pero no el deseo, la música que sabes que debería ser la partitura del resto de tu vida, y en cuyo espinazo se sustenta toda tu razón de ser, y digo tu razón de ser porque tú no eres especialmente razonable, tú eres de instinto, de polvo de arcilla húmeda siempre, y necesitas mezclarte orgánicamente con el carbono 14 de la tierra y no puedes diluirte en las piritas y los cuarzos fotofóbicos, en las lavas petrificadas de una existencia sin ti y por hacer, sin hacer pie, sin la partitura que escuchas desde que estuviste en el vientre, de tu propia densidad y fortuna, desde allí, desde siempre. 

No puedes vivir sin escucharla, porque vives, sí, y las demás personas te ven, sí, pero estás esperando a que suene la música, a que escampe, a que las rayas del sol escancien su atómica energía sobre los campos de lirios límpidos y los trigales lúcidos donde se mecen las formas mordientes que desde el aire como en una coreografía perfecta de cirros y cúmulos de ilusiones todo encaja, donde el éxtasis no es tan siquiera necesario, porque la llama sólo tiene que calentar livianamente, nadie quiere que abrase, porque sólo quieres sentir la presencia de ese micronésima de melanina en tu piel, de tu biracialidad, y tus venas azules pulsando arreboladas en su superficie con un tap tap, y la forma redondeada inacabadamente del borde de tus uñas biseladas, y los pliegues de tu piel en las articulaciones cartilaginosas, y la presión con los contornos perfectos de tus dedos de moreno tostado al sujetar el bolígrafo que se desliza por las hojas lisas de borradores redondeados, de espacios inmensos sin miedo al blanco liso inacabable que te invita a soñar, un blanco que parece color cuerda, crema, ligeramente beige even, que no te ciega, que no es estridente, que se sustenta en la armonía de la partitura que es de una cálida cualidad de aroma de jazmines, que es pure blackness, tu Love Supreme, que desde que has vuelto a Madrid your pure blackness no la has podido compartir, pero es más fuerte que nunca porque te detienes a sentirla y no a exhibirla o consumirla. 

Es tu blackness essential tu adn, tu olor dulce de lactancia en la sudadera, los ojos ovalados y atrayentes de tu bebé, cuando te llama tu sobrino a voces empuñando sus pequeños y fuertes pulmones en esa llamada desde el otro lado de la calla para que estés con él, que no es más que una llamada de la sangre nuestra, del querer que tú estés contigo, que tía Paloma esté bien, y me sujete de la mano caliente como ella podría al tumbarse en la cama y descansar al fin. 

No necesitas el fervor mamífero de despertarte con otra cabeza en tu almohada, otra mirada de recién levantadas, no ansías esto por las mañanas, porque para ti ellas, tus mañanas, son cuando te despiertas derrotada y rota y aún así saltas o te arrastras fuera de la cama para hacer esas cosas que soñaste en el sueño, que dejaste de hacer ayer, que te prometiste que harías hoy, que te hacen saltar de la cama con una sonrisa preciosa que enamoraría porque sabes que se te ha inundando la habitación y el corazón de luz caliente, porque las sábanas y los forros polares que velaron tu sueño te han protegido durante la noche, porque antes de que despertaras ya habían comenzado la partitura de luz danzando por tu habitación y caldeando el aire para tu llegada, como una madre que se levantó antes de ti, te miró y te besó calmadamente un beso y con ternura posó su mano en tu frente, y preparó la casa con esencia de café para cuando tú llegarás en ti. 

Porque alguien confía en ti. Porque tienes y tienen fe en ti. Porque tú le dices a otras personas: Confía en mí, ten fe, porque vas a salir del foso, porque vas a amanecer, porque vas a ser tú y entonces os vais a reír esplendorosamente, echando la cabeza hacia atrás y con enorme alegría, porque no importa cuánto tiempo hayáis esperado a este momento. Porque el momento es hoy y ya no tienes que esperar al cartero porque viene el lunes y hoy es sábado y te levantas saltando de la litera, te sujetas y ayudas a bajar del foro polar, te dice so long porque te espera esta noche como una bella novia para volver a abrazarte y velar por tu sueño de agua dulce, y vas al salón y abres la puerta con las ventanas abiertas y las cortinas blancas henchidas de luz dispersando el agua que se evapora como si fueran sábanas tendidas, y correr a abrir la puerta de la calle, y salir fuera donde te esperan para poder hacer todo aquello que había estado tactando ayer mientras escuchabas el sonido del aeroplano al planear, y olías el cuero caliente del gorro de la aviadora, como si Amelia Earhart viniera a buscarte y tú fueras tú su copilota, como si estuvieras ahí arriba con ella. Confía en mí, tan sólo confía en mí. No pases frío, no pienses en mí, no te preocupes, no me desees, no me esperes. Sólo confía en mí. Y en su último viaje te lanza un so long, baby con la bufanda surcando el cielo desde su cuello como una serpentina.

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