Sé que no debería escribir a estar horas, que no debería estar despierta a estas horas. Supongo que es como dejar de fumar, cuando lo que quieres es reducir el consumo de la noche entre tus dedos, y dejar las cosas para luego, más tarde, cuando sea de día.
Cuando me acostumbro a vivir de noche, el día me deslumbra. Me provoca fotofobia, y una sola salida a la calle es suficiente para aplacar la necesidad mamífera de encontrar tu lugar en el mundo, sobre el terreno.
Y al final me he rendido a la evidencia que tendré que escribir de noche, no necesariamente tan tarde, pero de noche, antes de dormirme, como hacía antes, porque durante el día la vida no parece tener mucho sentido escribirla.
Y tengo tantos pensamientos que corren como surtidores en mi cabeza, tantas nuevas y viejas emociones, tantas preguntas, recuerdos ... Es como si un péndulo que multiplicara la fuerza de la gravedad se magnetizara sobre mi cabeza. A veces no sé dónde me lleva, pero siento vértigo y una pesadez tremenda, sin escorzo, sin imagen; porque si por lo menos llegara a imaginarme entre arenas movedizas, o hundiéndome, o no pudiendo levantarme quedaría claro. Pero esta pesadez es una rueda de moler, un sedimento de metal pesado que empapa y pringa mis cavidades pulmonares y a veces me gustaría tener ayuda con un aparato de respiración asistida.
Hoy, sin embargo, me he sentido más ligera. Pero cuanto más liviana mi día aparece, más responsabilidades conlleva. Tengo tanto tiempo que recuperar que intento hacerlo todo. Todo. Y la lista en interminable. Es difícil cuidarse, arreglar la casa, hacer tu trabajo, reparar máquinas que se niegan a colaborar, relajarte, estimularte, leer, hidratarte, pensar, parar, levantarse.
Pero tengo que racionalizar el ritmo, establecer barreras, incorporar reglas, sintetizar los movimientos, reaccionar ante lo sutil, utilizar mi intuición.


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