Me entretengo con mi vida aquí, pero debo regresar. Debo volver al estado vivíparo, arraigada a mi esencia, porque no me compensa estar diluida, entregada a integrarme en esta realidad prefabricada. Debo disipar los vapores de la contienda y volver donde todo tiene un sentido bajo la tierra mojada, entre los granos de trigo dorado y los alféizares indomables en andas con las flores de las enredaderas voladoras. Ahí es donde pertenezco; no en el solar, la respiración asistida, la lucha fingida del pulmón mecánico. La vida siguiendo a la máquina, la que no me alimenta, no me sostiene y apenas me ve.
No es fácil. A veces reincido en esa necesidad primigenia de volar libre por el asfalto, de recuperar mi perfil mundano, de ser lo más humanamente normal, y de pasear por las páginas del libro narrado y la historia perfilada de mi futuro. Porque en realidad no soy capaz de ejercer el funambulismo, no me compensa entrar y quedarme. Porque tan sólo se trata de una visita circunstancial, independientemente de los años en los que me masturbé con ella.
Debo volver, implicarme con un sentido nuevo que me ayude a vislumbrar mis puntos ciegos, que no me regrese a la ira, sino allí donde yo pertenezco.
Encuentro que una vez que he salido de la trinchera y me he desgarrado con las alambradas en mi huida, toda la dificultad, todo el polvo sucio que me atormentaba, todo el silencio amoratado se desvanece, y yo aparezco. El precio a pagar es la soledad, pero ¿acaso no lo ha sido siempre? Ese no pertenecer, ese no contactar, ese no poder conversar sobre estos sentimientos que parecen existir en un mundo paralelo, y que sin embargo están imbricados en las entrañas del verdadero ser que soy yo. Este ser al que no juran fidelidad ni las personas más amadas. Porque no suele pasar. Sólo me vislumbran en la niebla, cuando me acerco al ocaso o al precipicio, y aún así no pueden llegar a mí. Emprendieron el viaje demasiado tarde.
Y esas conexiones no tienen cobertura, no tienen futuro porque no se pueden mezclar dos mundos en uno, ni las dendritas se conectan en entornos cavernosos, y cada persona tiene que caminar descalza sobre el prado, arrancar las margaritas con lágrimas, porque la belleza se induce, se arranca, se prostituye, y todo el mundo piensa que sólo tienen que dejarse llevar por un arrebato de poseer, de poseerte para después verte marchar después de haberte abandonado.
(Y) en el amor todas las frases se empiezan con una y griega, con un atropello, como un tanque que se hace paso en la base estructurada, al que no pude ver entre la espesura del imaginario falso que me poseía, que me impregnaba de forma voluntaria, pero ciega. No supe ver el peligro de muerte que me acechaba impetuoso y distante. Me iban a triturar como a la carne revuelta.
No me puedes tener porque tú no te tienes a ti misma; no confías en mi, porque no confías en ti misma. No sabes quién soy y aún así te acercas a mí con lo esperanza de que te descubra los meandros de sangre licuada de tu subconsciente en los que no se conoce con precisión el punto exacto en donde nacen. Aquellos que recorren la mente de forma subterránea y que ignoran la visión diurna. Es sólo cuando los expones, cuando los intuyes, que corren y se incorporan a la luz cegadora del día, a la del sol que te calienta las venas de tu cuerpo erecto, donde el cansancio no te repliega, y la energía no te recubre.
Quieres encontrar tu creatividad, tu vida entera. Tus dragones de invierno, tu ser más cierto, más certero, el prado de flores blancas extendido hasta lejos. Tu ser reflejado en ti misma, en las ciénagas, en los claros, en los estíos, en tus recuerdos de cuando eras feliz, de cuando eres feliz, de serlo. De extasiarte con tus ideas como al beber racimos de uvas, como al nadar con los pulmones abiertos, como al respirar el ardor de esa frescura que está dentro de ti y dentro de ella. Porque ella, yo, vivirá contigo, te comprende, nunca te abandonará. Tendrás la intimidad, primero contigo, primero con ella. El mundo será tuyo: lo escribirás. Te leerán, verán tus cuadros y los meandros de pinturas vivas, de pinceles cargados y goteando rocío de azucenas blancas y reflejos de bermellón, de amarillo lechoso, de la mezcla de la pasta dúctil y húmeda, y verla expirar vaho pegada al lienzo que despliegas como una sábana, delante de ti, como el folio primigenio, sin escribir. No quieres abandonar esto. Lo arriesgarás todo, lo abandonarás todo por esta libertad sin límites, fiera, como hacer el amor, como ese sexo que recuerdas durante todo el día, al andar, al comer, al volver a ella, y comenzarlo otra vez.
Del despertar con tu amada cerca, antes que ella, devorar la blanca mañana, con el deseo revelándose en esa pequeña rebelión de tu piel desnuda. Mirando sus manos y deseándola, queriéndola a ella. Es cuando escribes; ella no te mira porque duerme, pero está contigo. París. La buhardilla. El olor a pan recién hecho. La vida bohemia sin peligros, ni escapadas.
Y no cuentas las horas, cuentas los días y los regresas. Te sientes fuera del holograma. Decides seguirme a ciegas y dedicar tu vida a la melancolía, al crear, al ser distante con ese mundo material, a no dejarte atrapar, a ser coherente contigo misma, a volver a ser tú. Te sientes creativa, libre al fin, pletórica, con ideas como torrentes de lluvia sembrándote por dentro, emanando historias, anhelos. Quieres crear, sacar fuera de ti ese alambre enredado, convertirlo en crines de un pura sangre, y verte reflejada en su destello de cabello de ángel. Quieres ser artista, vas a renunciar a todo lo demás, vas a ser, vas a escucharte, vas a expectorar. No te importa si lo que escupes es oscuro y rancio, esperarás a que se depure. Si tienes que enfrentarte a tus miedos lo harás y les harás frente, aunque te arrinconen, aunque te hagan volverte contra ti misma. Quieres vivir de otra manera y yo dejo un rastro sobre el terreno que quieres seguir, quieres alcanzarme y andar juntas.
Pero esto no dura mucho, porque la realidad ruge, intenta hacerse camino brutalmente, aporrea la puerta del castillo amenazando con destruirlo todo, con llevarse al Hades tu cuerpo desollado, tu propiedad más preciada dándole la espalda y convirtiéndola en una estatua de sal. Y te escocerá y abrasará mordiendo y creándote llagas por las que exudarás un pensamiento: mi último suspiro escapará, y al morir no podré expirarlo y avisar de mi inminente salida, extinguiéndome sin compañía ninguna. Esos 21 gramos.
Y te entra el miedo, porque la creatividad duele, porque no es fácil oponerse al salvaje viaje, porque te enfrentas a todo y a todos, y sobre todo a ti misma, a tus totems, a tus apotemas, al precipicio; y eso duele. Porque sabes que tendrás que abandonar tus deberes, tus responsabilidades, dejar caer la plata brillante de tu sustento, de tu futuro, de tu vejez, si hay vejez. Y si te quedas estarás en enfrentamiento continuo contigo misma, con tu mediocridad, con tu polvo fermentado y podrido, con la mezcla brutal entre la vida y la muerte, con el acercamiento al no existir porque ya no puedes escribir, no sabes crear, porque estás exhausta y tienes miedo a dormir, y porque no crees que al despertar haya nada, que te robarán los muebles mientras duermes, las mantas, el calor. Que pasarás frío, y es cierto. Que te abandonarán. No habrá arte. El vacío. La nada.
Y tienes miedo, pavor, porque yo te digo que es especialmente cierto, porque no te ofrezco una salida fácil ni probada, ni un procedimiento ya ensayado, porque tendrás que entregarte, ser su puta, sin posibilidad de redimirte ni dar ejemplo, ni beber del néctar de otros, porque estarás sola contigo, y esto te produce un terror inimaginable. Y es que en el fondo te odias, me odias, y me despreciarás, me harás temblar y convulsionar hasta que me anules, así te demostrarás a ti misma que esto ha sido una equivocación, que a ti también te herirán, que hay que tomar el pasaje en el tren antes de que sea demasiado tarde y la estación se convierta en fantasmal. Y ni tú misma te reconocerás al andar.
Así que emprendes la tarea maldita de destrozarme, de destruirme, de vanagloriarte de que mi amor es basura, para abandonarme, porque tú tampoco quieres que te destrocen, porque me odias infinitamente por ser la chica que lee, y tú quieres leer tan sólo extasiándote, corriéndote, nada más. No quieres ser una poeta maldita, ni ser poseída por los estertores de la tuberculosis. Preferirás estar al otro lado de la balanza, olvidarme, qué estúpida fui, no quedará ni rastro de mí en tu memoria, te emborracharás cuando vuelvas a tu casa y te la encuentres oliendo a una fragancia de flores, y te encontrarás a todo el mundo con los brazos abiertos, te han echado tanto de menos, y por qué te fuiste con ella, se reirán de mí en todas las fiestas, intentarán seducirte: Te follarán en nuestra habitación, porque tú pagaste lo muebles, tú me la ofreciste y yo la desprecié como un objeto inútil, de carne y hueso y yo me creo que soy de otro mundo. Qué prepotente fui, tus orgasmos ya no serán míos, nunca lo fueron, dirás: te lo creíste todo. Todo. Mancillarán mi nombre, saben que es fácil emparanollarme, te dirán que te olvides de mí, y tú mentirás sobre mí y me humillarás en la distancia, no responderás a mis llamadas, ni a mis mensajes ni a mi eco que se mezclará con tu carcajada. Ya lloraste demasiado, ya fuiste pellejos y hueso, ya a mí no me importaste. Ya sentiste bastante mi desprecio, mi abandono sin sentir lástima por ti. Te arrojaste al suelo, te golpeaste con él, te tiraste contra mis piernas, te agarraste a ellas. Hubieras estado dispuesta a arrastrarte por mí por los fluidos corporales de otros, desgarrarte y crearte cicatrices imborrables, estar rota durante mucho tiempo para que yo te reconstruyera en pequeños trozos, a mi ritmo, mientras caminaras a mi lado como un cadáver viviente, con la mirada perdida, dispuesta a hacer todo lo que te pidiera.
Pero ni pensarlo. Yo soy como todas las otras; pero desengáñate, dices, a mí no me esperarás durante años, no me amarás para siempre. Tu vida corre, y tú la has alcanzado. Yo soy inútil y patética. Con mi delgadez, con mi cobardía, con mi estúpida incapacidad para amar. Soy como un perro patético engullendo su propio excremento en la mitad de la calle. Ahora ha llegado tu momento.
Y volverás a leer y a admirar al poeta maldito, al suicida, que te da ideas para rebelarte y decirle a todo mundo que quieres morir joven, como Jim Morrison o Jack Kerouac. Porque Virginia Woolf fue una pobre mujer a la que no se le ocurrió nada mejor que ahogarse con piedras en los bolsillos. Qué imbécil, qué maldita imbécil, que mujer más estúpida. Ahogarse, vaya manera de morir, sin sangre, sin brusquedad, sin dolor, sin heroísmo. Ahogándose al mundo pasivamente, atragantándose como un viejo con un trozo de comida, una muerte inútil que nadie admirará por su cobardía. Y despreciarás a Marguerite Duras, esa alcohólica estúpida que ni siquiera se molestó en escribir nada imborrable, que seguramente se prostituyó porque si no no hubiera sido incapaz de escribir. El Amante, qué historia más estúpida, más imbécil, más patética. Claro que tú también lo hubieras hecho, pero no como ella. Lo hubieras hecho en tus sueños más sucios y recónditos como Genet, un dios al que no tendrías que acercarte, porque no quieres ensuciarte, pero que sin embargo leerás con pasión, masturbándote, aunque harás luego lo posible por ignorarle.
Y me olvidarás por el odio que te corroe y del que soy responsable, y me habrás dejado casi sin posibilidad de recuperación, y te emborracharás la circulación sanguíneas con drogas extasiantes, y follarás sin medida, y estarás orgullosa de los fluidos estallando en tus sábanas, atravesando tu colchón otrora impoluto, pensando que eso es valiente, y brutal y desmedido. Y eso lo puedes hacer porque al final podrás pararlo tras liberarte, tendrás el control, no tendrás que presenciar mi repugnante mirada juzgándote. Mi mirada; al final ya no miraría al frente sino al suelo, como una retrasada repugnante.
Te olvidarás de mi luz, de mi entrega, de los momentos en los que fuimos felices, sé que lo fuimos, pero tú en el fondo pensabas que te abandonaría, y no valdría que me clavaras las uñas en la carne, porque mi sangre se reabsorbería, porque mis lágrimas no valen nada ni tanto como las tuyas, porque no me histerizo, porque simplemente me aparto y huyo, y esto es lo único que tendría el valor de hacerte. Me odias, dios mío, cuánto me odias. Me dijiste que me querrías hasta la muerte, pues ahora me odiarás hasta la muerte, o por lo menos lo dirás para que me sienta culpable y me sienta morir, porque en el fondo me ignorarás con indiferencia antes de caer en el cubo ensuciado por tu olvido.
Buscarás desesperadamente a alguien que te recuerde a mí, pero sin mis defectos, y tampoco lo reconocerás ante nadie. Que te hinche el estúpido orgullo y el lacerante vacío que tu estancia conmigo provocó. Qué asquerosa soy, me creía ser diferente pero soy un payaso, cualquiera podría imitarme sin dificultad, y sería más genuino que yo, que soy imbécil, que soy recalcitrante, egoísta, misántropa, ridícula, egocéntrica, maniática y ciega a la más simple realidad, que, oh!, ¿no te das cuenta? es necesaria para vivir. imbécil, mentirosa, estúpida, sí otra vez estúpida, para siempre estúpida, insulsa, Desagradecida, me creo indomable pero no soy un pura sangre sino un caracol que se esconde, podrías resquebrajarme si quiseras, con tan sólo hacer estallar esas vesículas rellenas de baba, esos residuos inútiles. Bah, ni siquiera vale la pena pensar en mí, ni atormentarme. Mi ridiculez hará el trabajo por ti.
Hay tanta gente emocionante, excitante, sin reparos para follarte duro, fuerte, hasta hacerte llorar y gemir, que es lo que te gusta. Y es fácil dominarles, llevarles por donde tú quieres, enseñarles lo que quieras que sepan, para magnetizarles, para esclavizarles, para que nunca te dejen, o si lo hacen que lo hagan con una vergüenza absoluta. Porque encontrarás a alguien con todas las cualidades importantes, que te haga llorar al hacer el amor pero que también te sujete las malditas bolsas de la compra, a quién puedas gritar hasta explotarle los oídos con tu estresante charla, con quien te puedas pelear para hacer el amor después de forma salvaje.
Porque yo siempre me daba la vuelta y me iba. Qué patética soy, piensas. Porque quieres a alguien a quien puedas perseguir por la calle cuando huye de ti, a quien puedas alcanzar y hacerle engullir todas tus exigencias sin que se pueda desembarazar de ti, a quien puedas hacer llorar o hacerte dueña de su dureza y amalgamarla en un charco de la calle. Quien te pueda despreciar pero en el fondo te ame de forma sucia, que es lo que te gusta, lo sucio, lo sublime, el aullido, la sencillez de ser amada desesperadamente, inútilmente, como una droga, enganchados los dos, felices y atormentados. Eso es el amor, imbécil, nunca te diste cuenta, me dirás.
Nunca me di cuenta. Qué imbécil fui, qué estúpida. Lo sé. Lo siento. Te quiero.


0 Comments:
Post a Comment