Hay un punto en el que sientes un tapón ubicuo que circunvala tu torso, y parece que el expresarte tendrá cierta dificultad. Y es esa expresión fundamental que tienes que lanzar como una lancha de primeros auxilios que navega independiente y en paralelo con el buque de tu vida, protegiéndole el casco, velando por su seguridad, inspirándole un afán de ser tú misma.
Esa lancha, que ruge libre con el viento y el frescor del sudor marino, confía en ti y no se separa del buque, monitorizando su pulso y su respiración, imprimiendo con fuerza planchas de papel continuo con una precisión y una cadencia telegráfica en su febril seguimiento de tus constantes vitales.
Y si alguna vez el buque la pierde de vista y navega solo, tal vez se sienta a la deriva, a merced de las corrientes y los seres marinos, inmersa en duda, con las olas invadiendo su superficie como dunas.
La lancha es la poeta maldita, la pinacoteca de tus sentimientos más labrados, la marca de tus huellas dactilares en el resplandor de la luz; no busca un itinerario ni la dirección de un destino con desembocadura, se pierde y exhala.
Si se desorienta y los cierzos la despojan de su imaginativa apariencia para volverla frágil, si la desligan de sus agarraderas y se tambalea en los picos de las olas espumosas con las velas marchitas por la incertidumbre, ajadas como totems destronados, no vacilará en su avance cortando el filo de la ola. Aunque los tendones que sujetaban el mástil quedaran sueltos a su suerte, con las riendas ensortijadas como serpentinas, no le importará, y encaramará su pecho al viento, sin miedo a su suerte.
Con las certezas destronadas, la siembra de ideas esquilmada por la escarcha, qué va a ser de ella. Qué va a ser de ti. Si te olvidas de la estructura que te sustenta, si te suplicas a ti misma no perecer bajo el territorio empapelado por los cantos de sirena, que esta vez piden prudencia, continuarás la marcha a ciegas pero lúcida, porque en algún lugar del corazón sientes con fuerza latir la fe en ti misma. Te distraes y haces lo posible para no atender al desgaste, y mantienes la vista concentrada en las agujas inmóviles de la brújula, sin dudar de que algún día se activarán con el pulso rítmico e inacabable que surca tus arterias.
Los objetivos de tu rumbo trasnochado se mecen bajo la luz lechosa de la luna, en calma chica permanente ajena a los vaivenes de la eslora. La melaza intransigente de la lentitud no te extingue ni te inmoviliza aunque pretenda estrangularte con sus tentáculos de adormidera, sino que en silencio recuperas el ansia de existir, gota a gota, grano a grano.


2 Comments:
Gracias
Gota a gota, grano a grano ...
día a día ...
:-)
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