En estos días ha habido un baile de identidades. Una especie de embarramiento de mi identidad, y he permitido juzgarme por cómo otras personas me veían. Parecía casi que era un experimento; pero no, ha sido una realidad que ha durado un número inmenso de horas, y que, espero, haya llegado a su fin.
Ha habido unos días inconclusos en los que he necesitado hablar y he terminado explorando mi vida con personas desconocidas. Esto ha tenido un resultado previsible: me he saturado y me he afianzado en el camino de vuelta. Ahora casi no me reconozco en la persona que he sido en los últimos días. También he de decir que estoy haciendo un esfuerzo por tranquilizarme, porque he estado muy nerviosa y yo misma me he sorprendido con detalles poco edificantes y explosivos.
Así que aquí estoy otra vez, navegando de vuelta a puerto, o saliendo de nuevo a la mar, no sé. Pero lo que sí es cierto es que vuelvo a adentrarme en mi vivero de señales, de imágenes y comodines. Mis bestiarios, mi imaginario, mi cartografía personal. Y como siempre que sufro algún tipo de traumatismo, de detour, parece como si me (re)conociera a mí misma otra vez, de forma primigenia, con tentativas.
Y mañana voy a intentar el mínimo contacto con gente, palabras y declaraciones, para dar la vuelta a la esquina y volver a recabar donde estábamos.
Ahora voy a dormir, que me estoy cayendo de sueño.


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