martes, 10 de abril de 2012

Encendida


Me temo y me acojo a partes iguales. No sé si confiar en mis comportamientos, mis reacciones, mis metas soñadas. Pero intento agarrarme a mis certezas como la montañista al filo del peñasco del que depende su caída al abismo o la subida y entrada en la cumbre sublime. Sin el cómo ni el por qué; tan solo sé que debo anclarme y ascender por la estructura de alambre que se magnetiza y vincula a un forro acolchado. A la cadena de luces engarzadas que alumbra la noche estrellada con una melodía agradable tal vez desafinada. 

Y el escribir y recorrer(te) no siempre es fácil. El recogerte en partes y situarlas en cajas, y resumirte en esos puntos fijos que serán tus soportes, es una labor que supera toda fe. Te supone un arraigamiento profundo con lo evocado entonces y la interpretación del espacio suspendido en el aire líquido que te contornea alrededor. 

Y saber no es lo mismo que hacer, y te pides hacer y luego saber. Y eso es tremendamente arduo y descabellado. Es como entonar un himno siendo apátrida, o aislarte sin que quede ya nadie. Es igual que tomar decisiones a contraluz, tras el polvo levantado por la estampida en la noche, y continuar llevándolas a cabo aunque llueva y enfermes o el sol te deslumbre. Es recabar en un silencio que se carda de aullidos, y ensordecerte con el aloe vera que rezuma del ficus. O mancharte de tinta con una hoja en blanco, y recordar un camino no recorrido con todos los detalles.


Es lo incierto, lo nonato, la selva, el encuentro difuminado con la maravilla.

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