lunes, 2 de abril de 2012

Espectros



Desde pequeña me falta la empatía digamos piramidal. Esa que aplicas para entender lo que sucede en formas tridimensionales encima de tu cabeza, enfrente, detrás. El estar en el mundo, el entender la sociedad, el formar parte de ella, el responder cuando se te pregunta. 

Parecería que me quedo sin emociones, y es que también puedo borrar la vista a voluntad. 

Mi nivel de empatía es la básica, la cruda, la animal. Lo tengo en el ADN, tal vez por ser hija de médicos. La empatía que se me dispara en momentos dramáticos, accidentes de moto, la muerte de alguien querido. En esos momentos me invade la necesidad primaria de ayudar, de dar consuelo, de remangarme y si es preciso tapar la herida de la persona desconocida que sangra profusamente hundiendo mi mano en los labios de la carne recién abierta. 

Lo he visto tantas veces en casa. He presenciado cómo mi madre y padre lo hacían casi a diario; he escuchado esas llamadas de teléfono desesperadas a horas intempestivas que mi madre respondía con voz suave, que me hacían levantarme en pijama de pequeña para descifrarlas como entre sueños al pararme en el pasillo para que no me vieran. 

Esas historias de sobremesa en la cena sobre los avisos médicos de mis padres a las casas de las viejas y sus familiares despiadados. Esas veces en las que tantas personas necesitan la mano del médico sobre la espalda, y la sienten como si frenara el caballo metálico de su pecho, para animarles a llorar sin dudas en una tienda, en un semáforo, en la puerta de la entrada de casa mientras yo la sujetaba y alguien se desmoronaba hablando con mi madre en el quicio. 

Mi madre contaba cómo una vez fue a firmar el parte de defunción de una señora que conocía muy bien, creo que se llamaba Doña Angelita. Era una señora de más de 90 años delgaaaada como una pavesiiita y que tenía Alzheimer (lo que antes se llamaba demencia). En una de las muchas ocasiones en las que mi madre había acudido a verla a su casa se encontró a sus hijos e hijas mayores acobardados, refugiándose de alguna manera en el otro extremo del dormitorio donde la señora encamada les echaba una arenga con plena convicción.Decía que era la reina de España y que iba a poner un juicio a todos, ¡A ti, a ti, y a ti! Les gritaba mientras los señalaba con el dedo uno a uno. La familia se volvía en bloque hacia mi madre, y con los ojos súper abiertos, enmarcados en una angustia sin nombre, avergonzados, miraban a mi madre para ver si podía interceder de alguna manera.

Venga, doña Angelita, le decía mi madre, no se preocupe, tiene que descansar y sus hijos e hijas le quieren mucho

Ah ¿sí? ¡Pues a ti también!, respondía doña Angelita. Y mi madre tenía que esconder la risa con el dorso de su mano. 

Cuando mi madre llegó a la casa esta vez se encontró a doña Angelita, con toda su grandeza enfundada en un cuerpecillo de 40 kilos, tumbada en la cama, con los brazos en cruz sobre el pecho y los ojos cerrados. Las hijas mayores lloraban y se retorcían los pañuelos blancos sobre los labios. 

Mi madre intentó consolarlas con unas palabras amables y los gestos que yo tan bien conocía: con una mano les cogía la suya, la que no sujetaba el pañuelo y que colgaba inerte a un lado del cuerpo, esa mano fría que mi madre calentaba con su calidez humana y sus uñas pintadas de nácar y el perfume de Nina Ricci que traía y con el que perfumaba el estancado. Con la otra mano suavemente posada en el hombro sujetaba a la persona y tal vez algo de su angustia al darle la oportunidad de poder compartirla físicamente con alguien más. A medida que la persona hablaba de entre los pliegues de su pañuelo, y los pliegues tectónicos de su tristeza se desplomaban, mi madre intentaba atraparles la mirada con la suya, siguiendo cómo vagaba primero por el suelo, después por la habitación, luego a la madre e inmediatamente después, tras un nuevo estallido de lágrimas, la centraban en los ojos de mi madre que reflejaban preocupación y caridad.

Después, tras apretar las manos de la hija en señal de pausa, mi madre se acercó a la cama, a doña Angelita, con un profundo suspiro acallado. Mi madre la miró de cerca y estaba a punto de tomarle el pulso cuando doña Angelita abrió los ojos y le dijo danzando con la cabeza, como una muñeca vestida de azul: Hola, guapa. ¿Cómo estás?


Esta historia la ha contado mi madre muchas veces después, y se ha reído recordando a doña Angelita, una de esos cientos de mujeres mayores con quienes pasó noches cerradas, lluviosas, calurosas en pequeños pisos de renta antigua, y en casas grandes vacías de pasillos interminables, donde la presencia puntual de los hijos e hijas que las habían abandonado para seguir con sus vidas no las llenaban ya de calor. 

En otra ocasión mi padre y mi madre volvían de una fiesta muy de noche por una oscura carretera de camino a incorporarse a la autopista. Mi padre vestía traje con pajarita y sus elegantes gafas de pasta, y mi madre uno de esos vestidos preciosos, probablemente el azul claro, que resaltaba su melena morena y sus ojos pintados a lo Sofía Loren. Recordaban anécdotas de la noche entre risas cuando de repente presenciaron el choque mortal de un coche solitario contra el arcén. Un chico y una chica jóvenes lograron salir del coche, y apenas se tenían en pie, mirándose el uno al otro con total aturdimiento. Mis padres los llevaron velozmente al hospital más cercano. Y mi madre contaba cómo la chica gemía y lloraba todo el camino, mientras que el chico miraba fijamente al techo del coche sin decir nada, tal vez sin poder creer lo que les había pasado. Mis padres intentaron calmarles manteniendo un tono de voz suave y cálido, asegurándoles, palabra de médico, que todo iba a ir bien. Como tantas otras veces.

A la vuelta, con la tapicería del coche manchada de sangre templada, presenciaron otro accidente horroroso y tuvieron que ayudar de nuevo, recuperarse del sueño de la (sin)razón que produce monstruos, y volver a la rueda de esa noche cíclica y apocalíptica donde sólo existía la simpleza y claridad palmaria de lo binario: la muerte, la vida, la luz, la oscuridad, la rapidez, el shock. 

Al volver a casa sus caras demudadas reflejaban la noche de espectros, y cómo se les había engarzado en las tripas su recuerdo para siempre. Como tantas otras veces. 


0 Comments: