lunes, 2 de abril de 2012

Todo sobre mi padre



Tras este fin de semana ayudando a mi madre a cuidar de mi padre en su casa, que me ha quemado la piel como al sufrir una insolación, esta mañana me he levantado con el cuerpo comprimido y el pecho como si fuera un fuelle que en vez de soplar aire tras hincharse, tan solo expulsa y va quedándose seco y apretado. 


Me he ido a dar una ducha sin convicción, arrastrando las piezas de mi ropa, el suero salino para mis ojos de esparto debido a la medicación, el pendiente solitario de circonita que me regaló I.B. y del que no he sabido desprenderme, y la cinta de pelo que esconde la caída que me ha provocado estos años de depresión crónica vivida en solitario. 


Quería ducharme rápido, ya sabía además que no quedaba gel cremoso de Nivea, y no me gusta La Toja, me parece asiliconado y su olor me marea. Tras mi primera lucha para adecuar la alcachofa de la ducha a mi altura, pensando que para duchar a mi padre la tienen que poner baja y a mano, conseguí encontrar la temperatura ideal y permití que un chorro de agua caliente en cantidades industriales se me echara sobre la espalda como una manta. Finalmente decidí quedarme en esa postura unos minutos más, con la cabeza agachada, la nuca marcando el borde hasta donde caía la tempestad de agua, y dejé que también se desprendieran de mí los dolores de espalda que me crujían tras haber estado desplazando a mi padre de un lado a otro durante todo el fin de semana, y la bola de fuego de la ansiedad que me había provocado mi madre con sus gritos y sus lloros. Quería despegarme de la pesadez que sentía y de la que tenía que liberarme si quería recomponer mi vida como cada lunes y reemprender mis proyectos, salir de la burbuja del ice cream, de la alienación mezclada con infinita ternura que supone el tener de cuidar de él. 


Mientras cuento uno a uno los agujeros del plástico antideslizante con el que sellan el suelo de la bañera para que mi padre no se resbale, y con el torrente de agua caliente disipando segundo a segundo las tensiones de mi mente y de mi cuerpo, mi cerebro comienza a funcionar a doble velocidad, y rememora en una especie de sueño REM indefinido los detalles del fin de semana, mis equivocaciones, mis palabras, los ecos de las de mi madre, y las sonrisas de mi padre cuando me guiñaba el ojo con simpatía, sus gestos súper expresivos con los que suple la inexistencia del habla. 


Recordé cómo ayer me sorprendió la caricia circular que sus dedos repentinamente emprendieron, recorriendo los míos con suavidad, torpemente, después de haberle sujetado la mano durante media hora mientras yo utilizaba la otra mano para darle de comer, limpiarle las comisuras de los labios, mezclar las pastillas pulverizadas con la mezcla de huevos duros y trocitos de jamón de york, haciéndole coger el vaso de agua medio lleno y abriéndole la garra de su mano para que pudiera sujetarlo, y empujándole la mano como si fuera la de un robot mecánico y que el vaso llegara a su meta sin que al inclinarse hacia abajo no se nos cayera todo el agua encima. 


Yo había logrado conseguir una acción paralela e independiente en cada mano: una le daba de comer y organizaba, y la otra acariciaba la suya para que no tuviese ninguna duda, a pesar de mi mirada sonriente y mi torrente continuo de conversación, de que yo estaba allí para que él estuviera bien. Que me gustaba estar con él así, a solas, dándole de cenar, haciéndonos mutuamente compañía en la noche del domingo de este fin de semana obsesivo, claustrofóbico e interminable. Un fin de semana teñido por la la ira desatada de mi madre hacia los dolores de su maltrecho cuerpo y lo difícil que se lo estaba poniendo para seguir fiel a su promesa, y cuidar de mi padre hasta la eternidad.


Bajo la ducha miraba a mi alrededor recordando la sonrisa de mi padre, cómo enérgicamente asentía de vez en cuando con la cabeza (milagro) cuando le preguntaba si quería una cucharada más, si le apetecía más agua, si iba a tomarse un yogur o no, si no le importaba esperarme en la silla mientras yo le hacía la cena a mi hermano, para que luego pudiéramos ir al salón tranquilos, o a la cama ya, donde estaba mami descansando. 


Me puse a examinar el baño como un halcón (es la costumbre) para adelantarme a cómo íbamos a tener que reformarlo acorde a las nuevas necesidades de mi padre, pensándome muy bien de qué manera iba a convencer a mi madre de que ya era urgente hacerlo. Me puse a mirar las barras de sujeción en las que se apoya mi padre cuando le están duchando, y me agarré a una de ellas para ver si estaba bien fijada a la pared, porque no me fío nada de los que tienen ventosa. Mi madre no me dejó hacer agujeros en los azulejos cuando se lo propuse en su momento.


Y de repente se me puso la mente en blanco, volví al presente, y me vi desnuda, delgada, pisando con fuerza el plástico antideslizante con los dedos de los pies encogidos mientras las gotas de agua salpicaban la bañera en todas las direcciones ametrallando la mampara que me rozaba la cara. Permití que mi cuerpo se apoyara en la barra, y terminé colgándome de ella con la cabeza mirando al suelo, los ojos cerrados


frágil
cansada
presente
a la espera
como él.



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