lunes, 2 de abril de 2012

Ice cream



Mañana es lunes y de repente me estoy dando cuenta, ahora domingo, a las 0:00 horas, de que la intensidad del fin de semana, la claustrofobia, la locura de estar aquí, en casa de mi madre, ayudando a mi madre a cuidar de mi padre, la opresión, el detallismo exquisito que hay que escanciar en cada segundo para evitar el desastre, para hacer que tanto él como ella, con su doble necesidad de infalibilidad, sobrevivan a este mundo imperfecto, todo esto se va a derretir indefectiblemente como una bola de helado en verano. 

Porque mañana serán mucho más audibles los taxis, las voces, la maquinaria urbana de este lado de la calle donde viven, y de alguna manera esa actividad que manufactura la vida que no se detiene escalará cuatro plantas para empañar los cristales de las ventanas de esta casa, para finalmente penetrar y cambiar completamente las plantas y los muebles de sitio. 

El hombre que ayuda a cuidar de mi padre durante la semana aparecerá a las 10 de la mañana sin falta, y, paradójicamente, yo echaré de menos unos minutos más de libertad, el haber alargado el domingo lo suficiente para tomarme el café con mi madre sin prisa porque tiene que ducharse antes de que venga él. Y querré más tiempo para desmagnetizarme poco a poco de este núcleo familiar que tan a menudo parece roto, que también a veces podría ser perfecto si no existiera el pasado de nuestra infancia que todavía lo impregna todo, que todavía todo lo hiere.  

Será lunes y saldremos del hechizo, de la calabaza, de nuestro horno familiar donde todo se cuece a cientos de grados. Y el mundo nos invadirá con sus exigencias, sus tirones, su vocerío, y su energía colectiva nos cargará la dinamo para abrir los ojos como muñecas, para descongestionar los oídos, para abandonar el paso apretado, frágil y lento de mi padre que las dos emulamos, los miles de pequeños pasos, de pequeñas acciones que cuidar de una persona requiere, y la angustia de que todo en un momento nuestro cuidadoso plan deje de funcionar, su corazón deje de funcionar, sus piernas dejen de funcionar, su mínimo ímpetu al ayudarnos a levantarle de la silla deje de funcionar y nos hundamos en nuestras pesadillas más inmediatas. 

Pero con mi madre sufro más que con él, porque él me sonríe, y hace guiños que son de él, y es expresivo y simpático, y hace un esfuerzo por agradarme y comunicarse así aunque tal vez sólo pueda decir dos palabras sueltas en un día entero. Y no lo puedo entender, no puedo entenderlo de un hombre que no se reconocía a sí mismo en el espejo y que amenazaba a su propia imagen con los puños y una mirada felina, con la ferocidad y actitud de un boxeador que boxea por su vida.

Ella me mantiene en vilo con la manera que tiene de hacerte sentirte que tienes que leerle la mente en cada momento para no causar cataclismos sistémicos, fugas nucleares de alta intensidad, para no interferir en su modo de hacer las cosas, en esa perfección desmedida que le impulsa a poner doblada la manga izquierda de la bata de seda de mi padre en el bolsillo haciendo un codo para que la bata sea elegante y parezca casi viva, como los soldados medievales de la película La Bruja Novata. O cuando deja doblada la punta del papel higiénico en pico como se hacía en los hoteles de Tokyo, Ámsterdam, Londres y París en los que mi padre había estado alojado. 

Porque ella conoce su ciática de nervios prensados de la cadera a la pierna mejor que yo, y el cartílago de su rodilla hinchada y rígida mejor que yo, y su espalda machacada por los calambres y las contracturas mejor que yo. Así que si intento desesperadamente que no se haga daño porque yo puedo agacharme y flexionar las piernas para ponerle los Calvin Klein a mi padre cuando le lavamos, o si le digo que no permita que mi padre apoye todo su peso en sus hombros al ayudarle las dos a caminar por el pasillo; aunque lo hago con el corazón en vilo para proteger su cuerpo frágil de madre equivocada y hermosamente dedicada a su familia una vida entera, y porque mi padre ostenta una ancha espalda con forma de trapecio, unos brazos atléticos de acero que temíamos en nuestra infancia, y un torso empedrado que exhibe la musculatura de un eterno deportista y puede hacerle daño porque pesa el doble que mi madre, ella se revuelve como una tigresa herida, y me lanza uno de esas miradas de rabia en llamas, y varios de esos gritos chirriantes que me paralizan como a un animal desorientado en una carretera oscura al frenar un coche y activar los faros antiniebla y cegar sus pupilas dilatadas.


Porque quiere convencerse a sí misma que todavía puede, que todavía podrá cuando llegue ese día en el que el cielo decida que no pueda hacer lo que está haciendo ahora por él, por su familia.

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