Diariamente venzo mis miedos, el asedio continuo de la costumbre de fracasar. Arremeto de una forma desorientada y ciega contra las alambradas que me cercan, el agotamiento crónico, la náusea interna.
Diariamente.
Diariamente recelo de esta persona llamada yo que me conduce periódicamente al sueño de ser mía, de pertenecerme, de libarme. Y a veces este desdoblamiento me ha aniquilado, pero hoy voy a ser valiente, voy a ser libre, voy a ser fiel a mi pócima secreta, a mis sentimientos reencontrados, a la labor de no cesar, de no hundirme, de no dejarme vencer.
Mi primera sensación del día es la de recoger esa toalla tirada al suelo durante mis pesadillas, durante la mordida nocturna de la serpiente que me mantiene en vela con la resonancia de sus cascabeleos malintencionados.
Los monstruos de arena sin apelmazar me persiguen segundos después del alba, cuando ya deberían haberse desplomado. Pero cuando desciendo de la cama mis pies descalzos se contraen con los granos de arena derramada que quieren embarrarme con la humedad del vómito de mi náusea. Vigilan mi tesón, mi disposición y determinación de superarme, y quieren convencerme de que no hay nada que hacer.
Y piso las brasas, y la arena busca en los huecos hueros un resquicio de duda para inocularme el veneno paralizante en caso de flaquear. Quiere que abandone y que no renueve mis intenciones de seguir, quiere dejarme sin retaguardia, al desnudo y sin red.
Diariamente me deshago y vuelvo a imaginarme. Debería dejarme guiar por los movimientos internos y reflejos que me pueblan como transeúntes nocturnos, que me transitan para reforzarme, para que ensaye escapadas rápidas e inadvertidas.
Inhalo y exhalo y emprendo el paso. Es un principio.


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