domingo, 1 de abril de 2012

Para qué sirven los punto y coma

No me había dado cuenta de que hoy no he comido nada porque no estaba especialmente cansada. Son casi las siete de la tarde y lo he sentido al asomarme a la cazuela del guiso de mi madre. He metido un bocado carne con salsa en mi boca y he sacado un plato. Pero me he agobiado al intentar mascar, al tener que tragar y he vuelto a dejar el plato brillante en su estante, esmerilado y vacío. 


Después de eso me he sentido mejor, pero empiezo a preguntarme qué va a ser de mí. No recuerdo no haber tenido hambre de esta manera; incluso cuando comía poco sentía hambre. 


Estoy adelgazando. 


Lo que la relación quería, lo que la relación demandaba, lo que la relación tenía que ser y no era. Todos mis errores, egoísmos, acciones de resultados catastróficos, obligaciones desatendidas e inconclusas. Y ella, la relación, pidiendo cada vez más de mí. 


Y me levanto un día con la piel cubierta por manchas, como de escarlatina. Cuando todo el mundo se acuesta, mi hermano se levanta. Pero esto último no es un sueño. 

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