Voy a describir el estado en que me encuentro para reforzar la idea de que mi trabajo es mi terapia, y poder volver en otra ocasión a este texto y animarme a seguir mi camino, a utilizar las estrategias que tengo a mi disposición, aunque me resulte difícil empezar.
Ayer escribí sobre esto, pero la verdad es que tengo que volver a aclararme las cosas a mí misma. He decidido dedicarme a mi trabajo artístico de lunes a viernes en horario laborable extendido, si es posible, sin interrupciones. La mañana del sábado también sería aconsejable, pero me gustaría creer que en algún momento tendré a mi lado a I.B., y podré relajarme y compartir las cosas que me pasan, las ilusiones que tengo, nuestra conquista de Ítaca.
Voy a intentar no ocupar mi tiempo indiscriminadamente en ayudar a los demás en cosas que tal vez deberían solucionarse por su cuenta. No quiero movilizarme a menos que se trate de una urgencia o un imprevisible, obligación o ayuda necesaria; por ejemplo, cuando me madre me pide hacer algún trámite, porque ella no puede movilizarse fácilmente, y siempre hay algo que hacer con respecto a las minusvalías de mi padre y mi hermano.
El fin de semana ayudando a mi padre me resulta un esfuerzo emocional ingente, y llego al lunes anulada, con el ánimo por los suelos. Debería tener claro que no puedo dedicar un instante a pensar el lunes por la mañana cuando me levanto. Tengo que ponerme a trabajar inmediatamente, porque si dejo que mi mente ruja en su oscuridad, su desgaste, puedo inutilizar el resto de la semana y sufrir un colapso nervioso durante el siguiente fin de semana, como ya ha estado pasando.
Lo que quiero es que la semana me sirva de referente, me nutra de tranquilidad para poder afrontar el fin de semana en casa de mi padre y mi madre con ternura, diligencia, fortaleza y coraje.
Por otro lado, si trabajo de esta manera dejaré de pensar en I.B. No puedo hacer nada para establecer puentes con ella en este momento. Lo mejor para que vuelva la confianza es el saber que podemos sobrevivir la una sin la otra, que no existe dependencia, sino una verdadera y genuina complicidad, un interés real de ambas en compartir nuestras vidas, en crear modelos, maquetas de simulación de ilusiones, de un futuro por venir que cristalice nuestros sueños. Ella aprenderá que no tengo intención de cambiarla, de arreglarla, que lo único que puedo hacer es estar ahí de forma incondicional, aceptándola como ella es. Y que me gustaría que ella hiciera lo mismo conmigo. De esta forma nuestras diferencias no seguirán siendo una barrera insalvable, un charco de arenas movedizas.
No sé si el escribir esto es triste, porque delata la encerrona en la que estoy metida y de la que no me puede sacar nadie. Pero volviendo a mi interés inicial en escribir esto ahora, simplemente quiero volver dentro de unas horas aquí mismo y comprobar cómo ha cambiado mi estado de ánimo.
Pero ahora mismo lo que es conveniente es describirlo. Me siento sola e incapaz de expresarlo a otra persona. Tengo un sentimiento de culpabilidad arraigado de nuevo desde el fin de semana, porque no he podido trabajar, y eso me hace dudar de mi capacidad de conseguir lo que quiero. Siento que he sido indulgente, inconstante, lenta, incapaz, errática, emocional, y que me he vuelto a traicionar a mí misma.
Por otro lado, he conseguido establecer nuevas bases prácticas para mi tranquilidad. He montado dos sillas ergonómicas, una en el salón y otra para editar la serie en mi habitación, y así proteger mi espalda y mis rodillas (a las que le aplico el pack helado todos los días). He arreglado el PC de sobremesa del salón, a pesar de todas las complicaciones que me han llevado horas y horas de montaje, desmontaje, instalaciones de software, pruebas para localizar problemas de hardware, etc, etc. El tener la ventana al lado y una mesa en condiciones me facilitará la escritura. Además, así no tengo la mitad del salón poblada de componentes informáticos destripados, esperando atención, como una muñeca rota.
Todo esto ha de ayudarme a contemplar mi espacio dividido en tres:
1. Trabajo - la mesa de montaje
2. Relax / lectura - el sofá,
3. Escritura - el salón, con la ventana al lado, mi única testigo nocturna.
En una microcasa estas decisiones organizativas no son un lujo ni una pérdida de tiempo. Corresponden a una necesidad natural de sentirme orientada en el espacio, de sintonizar con cada actividad, verle límites, crear rutinas cómodas de seguir sin esforzarme mentalmente, superponer e intercalar las capas y niveles de capacidad intelectual y física, funcionar a varias velocidades, seguir la dinámica de los ritmos circadianos sin caer en el desfase de abusar del trabajo o de la laxitud.
En mi cabeza han pasado muchas cosas que han desarreglado completamente mi forma natural de hacer las cosas. Reconozco que no era la mejor, tal vez, pero a mí me valía para estar activa. Ahora, desde que el trastorno bipolar se ha hecho más visible y omnipotente, peco de un exceso de intelectualidad, cuando antes era más impulsiva e irreflexiva. Quisiera establecer un equilibrio que baraje estas dos fuerzas ying y yang, que me permita funcionar, fortalecerme, establecer un umbral más amplio de normalidad entre los dos polos, para no caer en picado tan fácilmente hacia el vacío inerte y dañino, ni propulsionarme hacia arriba y ser alcanzada por la rabia explosiva.
Creo firmemente que para conseguir esto la artista necesita "su habitación propia" (Virginia Woolf), y la conquista del espacio íntimo pasa por encontrar tu espacio físico. Todo el mundo necesita encontrar y zambullirse en su propia identidad personal. La gente deambula, circula de un lugar a otro, de una noción a otra, en búsqueda de aquello que les identifique con su fuero interno, con las esencias troncales de su comportamiento, de sus gustos, de sus decisiones instintivas, viscerales. El espacio exterior te permite visualizar(te) y desvirtualizar aquello que piensas y existes.
Si sigo describiendo el estado en el que estoy incluiría también una distancia creciente entre mí misma y mis objetivos, como entre zanahoria anudada al palo y el borrico. Me falta el qì ( 氣 ), y me falta porque quiero recuperarlo, porque lo tuve y ahora no sé dónde está, y aparte de desesperación, siento curiosidad sobre su paradero. Me acuerdo siempre de cuando cocinaba y limpiaba sin planteármelo, simplemente haciéndolo; cuando encendía el ordenador para montar sin pensar en el esfuerzo, sin ingravidez, con convicción. Cuando al querer hacer algo, me ponía y lo sacaba porque conocía la mecánica de la consecución. Es cierto que a veces me costaba trabajo, o esperaba a encontrarme con fuerzas, pero no me mortificaba la inacción, sabía lo que venía detrás.
Lo que sí me sucedía a menudo era no poder imaginar el futuro de forma práctica, adelantarme a él, planear más allá de terminar el primer paso de la operación. Ahí sí sentía vértigo, y cuando llegaba el momento de pasar a una nueva fase, a menudo me quedaba paralizada por el esfuerzo anterior, y no podía encontrar fuerza mental para entender lo que debía hacer a continuación. Era como si se me pusiera la mente en blanco. Creo que pasaba por fases depresivas como quien sale de una gripe muy larga o se recupera de un esguince doloroso. No me enteraba de lo que realmente me estaba pasando. Lo atribuía todo a la mala suerte, mi falta de capacidad, la dificultad de estar en un país extranjero, la ausencia de un mentor, mi incapacidad de comunicación, de sintonía, de sincronismo con la sociedad, la ausencia de puntos de apoyo, de soporte. Pero luego me venía una idea genial que me devolvía la ilusión, la alegría, la energía y nuevas ideas, y me olvidaba de aquellos periodos perdida sola en la oscuridad. Y aunque no podía siempre hacer un suma y sigue, ni a veces establecer estrategias basadas en una dinámica anterior, conseguía la cuadratura del círculo en mi cabeza, y volvía a empezar.
Total, que ahora me encuentro en estas, y voy a observar detenida y conscientemente cómo se me despejan las telarañas de la cabeza. Ahora, a pesar de todo lo que he hecho hoy y ayer, me siento como he descrito antes, y lo que voy a hacer es llevar el té que me acabo de hacer a la habitación de montaje, y entre pausa y pausa de trabajo voy a relatar brevemente los avances de mi estado de ánimo para poder crear una hoja de ruta que me ayude a pasar por estos momentos en la próxima ocasión que suceda. Porque seguro que esto va a volver a pasar mañana, o el domingo, o el lunes, o el miércoles. En el momento en que me disguste con algo, o me obsesione, o me despiste con otra actividad que me desmonte mis planes y me provoque un desequilibrio inesperado.
“Comprender una mecánica que os aplasta, desmontar mentalmente todo su engranaje, analizar con todo detalle una situación aparentemente desesperada, es una fuente importante de la sangre fría necesaria, de la serenidad y fortaleza de ánimo para poder confrontar la situación. No hay nada que nos asuste más que lo absurdo, lo inexplicable.”
Germanine Tillion
Etnóloga especialista en Argelia, con un papel destacado en la resistencia francesa contra los nazis, y presa en un campo de concentración alemán durante la guerra.
Hace años que conservo esta cita escrita en un trozo de papel, porque quiero hacer exactamente eso.


0 Comments:
Post a Comment