He arreglado el ordenador del salón, primero porque estaba sin montar, con todas las piezas desparramadas encima de la mesa desde hace un mes, y segundo porque quiero volver a esa época en la que escribía mi blog de noche, sentada delante de mi escritorio, con la noche de lado.
Este mes no he escrito cosas muy creativas, así que me he decidido a leer más literatura, reservar un momento del día para hacerlo, y reincidir en mi imaginario al verlo resurgir en la imaginación de quienes leo.
No quiero dejar de escribir por eso, porque la mente tiene muchas formas de expresarse y el subconsciente brega entre conceptos, recuerdos y acciones, y no hay que forzarlo a decantarse por una u otra vereda.
Sin embargo entre la semana pasada y la otra no he escrito suficiente, y siempre que me digo esto me gustaría haberlo hecho para seguirle la pista a lo que he estado haciendo y sintiendo. No ha sido pereza exactamente, ha sido desazón y un no encontrarme en el espacio mental adecuado, inmersa en cierto vacío que no tenía sitio para la reflexión del día a día. He sentido presión sobre mis hombros de uno u otro tipo, he tenido ganas de evadirme, temblaba con cierta inseguridad en el sitio donde estaba.
Y ahora estoy intentando respirar hondo, reencontrándome con este espacio mío de escritura, con el cerrar el día durante los escritos de noche. Es como si la escritura fuese a esperar a la noche para liberarse, y de alguna manera conseguiré de nuevo mirar(me) de frente, sin miedo, con todo el camino por delante.


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