He intentado dormir, pero mi mente constantemente me atormenta con lo que ha pasado. Necesito paz.
No sé cuánto tiempo necesita la memoria para crear recuerdos más lejanos y apartar el dolor.
Quiero volver a centrarme en mi trabajo, en mi literatura. Estos días he sido incapaz de escribir nada. Estaba sintiéndome sola, muy sola y en una situación confusa, y no he querido acompañarme con mis escritos nocturnos. Pero quiero que vuelvan.
Tengo muchas horas para escribir sin descanso, y lo voy a hacer. Tengo miedo a mi propia escritura porque últimamente refleja un lado empobrecido de mí, poco profundo, o tal vez conversaciones conmigo misma que en realidad me resultan tediosas. Pero la honestidad no debería sentirse así. El estar sola supone el asumir tus pensamientos, tus faltas, tu humildad, tu ira. Supone dejarte seducir por los objetos que has decidido que te rodeen, que te piensen.
No me gusta lo que escribo, me siento desnuda. Y no quiero compartirlo más, por lo menos durante un tiempo. Quiero esconderme, estar conmigo, no sentirme que hago y digo las cosas para que me escuchen. Y quiero, sin embargo, guardar mis pensamientos aunque no sabría decir por qué a veces me da vergüenza y decepción el leerlos. ¿Por qué? Porque hay algo de repetición en ellos, porque sigo ciertos patrones de razonamiento que son circulares, que luego no recuerdo; tomo decisiones que después no puedo llevar a cabo. Y me siento impotente, ridícula, vacía, mediocre.
Pero la única manera de conseguir que mi mente vuelva a escribir sobre lo que importa en este momento y me ayude a dejar de pensar en O. es siendo honesta conmigo misma, reconocer mi mundo exterior, la desvalida sensibilidad con la que defino mi mundo interior. A veces es así. Aunque últimamente he escrito mucho sobre O. porque mi mente, mi corazón, mi cuerpo estaba dedicado a ella, y todo lo demás se veía con colores desvaídos, o simplemente no existía.
Me gustaría que ahora O. se convirtiera en alguien real, que vive lejos de mí, que no me puebla, a quien no pertenezco. Porque me tiene apresada en sus redes, y si sigo comportándome como hasta ahora no voy a conseguir que me vea desde fuera y quiera acercarse de verdad.
He sido una amada (no quiero ser amante) dedicada pero maltratada. Y ya no puede ser así, porque me ha herido profundamente y no puedo llorar todo el tiempo, desquiciarme, desesperarme, sentirme vacía, utilizada, rota. Esto no puede seguir así. Tiene que verme fuera de su alcance para valorar lo que realmente significo. No sé si va a recuperar la cordura, no sé qué va a ser de ella ni de nuestro amor. Tengo que dejar de pensar que está en mi mano todo.
Sin embargo, sí pienso que si estuviéramos casadas, compartiendo un hogar, tal vez no me hubiera hecho tanto daño, porque hubiera supuesto hacerse daño a sí misma. Pero ahora no me ve como parte de sí misma, sino como un fantasma, un cuerpo extraño, y es normal que me maltrate, porque ahora no me quiere. Aunque ella dice que sí me quiere, su verdadero amor está en suspenso. Querer a alguien es no hacerle daño. Lo demás es no haber conseguido amar de verdad, es un sucedáneo, es la mínima expresión del amor. Si alguien te quiere corre a enjugarte las lágrimas, quiere rescatarte del dolor, del daño.
Quería escribir de nuevo sobre las cosas que me suceden, y termino hablando de O. No sé cuándo va a acabar esto, esta obsesión, este sin vivir. Estoy convencida de que así no se debe querer a una persona, que tiene que haber serenidad, saborear el tiempo, ubicarte, establecer reglas, terms of endearment.
Escribo esto con cierta rabia, porque luego no voy a poder acordarme de la mitad de lo que he dicho, y no me voy a comportar de una forma que me proteja. También siento rabia porque el tiempo para mí nunca ha sido un aliado, sino un temor. Ha sido una espera, ha sido un tránsito; quiero conseguir que se convierta en un reconocimiento, un logro, un seguir siendo en vez de un querer ser.
Quiero hablarme y contarme lo que siento, aunque tal vez esté pensando más y sintiendo menos. Y mi pensamiento no es algo que me haya ayudado mucho en mi vida. Más bien ha sido un obstáculo para encontrar la verdad. ¿Cuántas veces he pensado una cosa, imaginado otra, y luego la vida que he llevado no ha tenido la más mínima reminiscencia de mis decisiones? No quiero ser radical, seguro que no ha sido así todo el tiempo, pero sí que ha sucedido bastante a menudo. Y no quiero que pase más. No quiero que transcurra mi vida sintiéndome ajena a la posibilidad de confiar en mi mente. Antes me tenía a mí misma como aliada. Cuando me ha fallado he esperado que mi alma gemela me quisiera por quien soy y me hiciera acordarme de mí, para volver a ser yo. Pero no ha sucedido. Ha sido todo en vano.
Espero que si sigo escribiendo, aguantando la dificultad que tiene el estar aquí sentada hablándole sin parar a mi mente, consiga algún tipo de tranquilidad, de sensación de normalidad. Albergo una pequeña esperanza de que el escribir durante horas me ayude a restaurar los cosidos que han reventado en mi cerebro estos últimos años. Debería probarlo, tal vez podría convertirse en una terapia verdadera. La terapia de escribir, de ser, de terminarte, de no olvidarte nunca, de vagar por tu mente ahora que todo lo demás te ha abandonado, y tus sentidos no pueden respirar y tengan que recuperarse.
Esta plantilla amiga me hace el tremendo y agradecido favor de guardar mis palabras a cada minuto. Eso es maravilloso, un verdadero lujo, la seguridad absoluta de que a mis escritos no se los llevará el viento, aunque luego sólo persistan en un archivo.
Tal vez no debería leer lo que escribo, aunque esté lleno de faltas y explicaciones fallidas o hinchadas por la hipérbole. Tal vez debería hacer eso, concentrarme en el momento actual, en el segundo actual, en quien soy, en lo que soy, en lo que esta enfermedad me ha dejado en el cerebro.
Hay veces que si todo lo demás apesta o te da náuseas y desesperanza hay que saber recurrir a ti misma y hablarte como la extraña que eres, como esa persona que a veces te sorprende ver reflejada en el espejo. Ese personaje que vive año tras año y que te da una lección vital cada día. He pensado mucho tiempo que lo único que me va a dar satisfacción real es escribir. Que lo otro lo he probado y he fracasado, al menos hasta ahora, aunque más tarde me sea posible volver a hacer otras cosas con satisfacción. Pero los primeros años de mi niñez los transcurrí leyendo y escribiendo, y eso ha sido lo que ha forjado mi personalidad. Ahora que mi yo es difuso, está disperso y atomizado, debo volver sobre mis pasos para descubrirlo.
Odio el exterior, odio las olas urbanas, su paisaje, el sentirme fuera de lugar entre la gente. Vivo en mi cabeza y salir de ahí no me da suficiente satisfacción.
Debería hacer lo que hace O.: escribir sin parar, dejarse llevar por el subconsciente, intentar encontrarse de esa manera. Ya vuelvo a pensar en ella.


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