Hoy ha llegado sin haber dormido ayer en toda la noche, por eso he amanecido tan desarreglada. Esta tarde he estado con mi sobrinita bebé y mi sobrinito de cinco años. Me he encontrado varias veces mirando al tendido, absorta con una expresión demudada y sola. Lo he corregido casi inmediatamente, porque no quería asustar al niño. Creo que nunca me ha pasado esto. Estaba completamente ida en esos segundos, con un aluvión farragoso de sentimientos cruzados, sin saber muy bien lo que rezumaba en mi mente.
Pero sí puedo decir que en una décima de segundo me golpeaba el seco impacto de un guante de boxeo en el pecho al darme cuenta de que iba a transcurrir otro día, otra noche, otra madrugada, otro despertar sin haber hablado con ella, sin saber de su vida, sin entrelazar nuestras vidas. El ser consciente entre actos de que algo había cambiado y de forma permanente, de que septiembre no será, y de que incluso yo he podido contribuir a que el barco no resista la tormenta.
No suelo tener ensoñaciones, pero si existen probablemente se parezcan a lo que hoy he sentido.


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