Me ha costado mucho, muchísimo, y todavía no sé por qué. Al final he conseguido encender los ordenadores y comenzar de nuevo a montar. He tenido que vencer un vértigo insalvable, saber que tenía que hacerlo y que no lo estaba haciendo. Saber que si lo hacía me iba a encontrar bien, y sin embargo prefería dejarme sufrir y quemarme en el infierno en vez de tomar las riendas de mi voluntad. Sabía que era necesario porque es así que la mayoría de la gente se recupera de un cataclismo sentimental y emocional: trabajando, y para mí ha sido siempre esencial. Pero no podía, tenía las manos paralizadas. Era como si los motivos que tenía de estar triste arrasaban todo lo demás, como si no tuviera derecho a dejar de sufrir. He pasado estos últimos dos días llorando desconsolada de una forma que me ha hecho mucho daño. He vuelto a sentir el dolor mucho más fuerte que antes, y me ha atenazado la garganta, el pecho, los ojos, me ha destrozado los nervios.
Me ha golpeado duro el darme cuenta de que durante los últimos seis meses he sobrevivido a base de fantasías de mi cabeza. Todo lo que me he propuesto lo he visto de nuevo desmoronándose como un castillo de naipes. Voy a tener que comprenderlo todo desde el principio, empezar de nuevo, aunque no sé si sigo teniendo esa oportunidad.
Septiembre me tiene completamente desconcertada, todo paso hacia adelante es tan poco, no parece tener la suficiente energía para desempañar la pena, para alejarla un poquito, para crear algo nuevo que crezca día a día, que nos haga sentir mejor a las dos, que me dé más seguridad en mí misma. Sigo sintiendo las mismas carencias, el mismo puñetazo en la cara cuando algo no va bien. Es todo tan vulnerable, tan esquivo. Busco al zorro que se pierde en la ciudad, sin darme cuenta de que el zorro soy yo.
He sentido muchas veces cómo mi identidad se desvanecía. Es tan fácil que esto suceda. Debo ponerme a hacer mi trabajo artístico para evitar que esto continúe ocurriendo. En estos meses no he parado de escribir, pero he dejado de lado el montaje de la serie que es lo que me pone en contacto con mi identidad profesional y creativa. Cuando me falta miro alrededor de mi habitación: la gorra de beísbol roja, los libros de cine, los posters de Charlot, y me siento una farsante.
Me gustaría entender por qué siempre dejo de trabajar cuando tengo algún revés emocional. Es como si me hundiera tan profundo que no le diera importancia a ser yo otra vez. Como si en mi tristeza quisiera encontrar el motivo, la razón de esta disolución, el antídoto. Porque deseo verme a mí misma de una manera integral, examinando las partes, dándoles toda mi atención a las zonas heridas. Como si mi conciencia se tratara de un ejército de glóbulos blancos que corren decididamente al auxilio de los boquetes sangrantes en el cuerpo, arriesgando su vida con coraje, entregados completamente a esta misión crítica, ignorando el resto de mi vida. Pero irremediablemente termino bombardeándome la línea de flotación de forma peligrosa, y no hay nadie que pueda rescatarme. Voy a tener que entender en algún momento por qué me resulta tan difícil el separarme un momento del dolor para resguardarme de la lluvia. Creo que me da miedo intentarlo, y que me encuentre con que mi sitio especial donde me cobijo y que es mi única solución, se haya convertido en un lugar húmedo, destartalado, y se haya desvanecido la última oportunidad de salvarme.
El 2 de julio fue el último día que trabajé en la serie. Esto es preocupante. Quiere decir que llevo dos meses con el trabajo aparcado, exactamente unos días antes de irme a Londres. Cuando tengo un problema me deshilacho, pierdo las ganas de ser yo, intento reconvertirme, reinventarme en el dolor, y por supuesto no lo consigo. No soy Schubert o Chopin, no puedo crear cosas bonitas cuando estoy descompuesta. Ojalá pudiera meterme en esa cabezota mía que no puedo dejarme de lado, no puedo dinamitarme, no puedo escurrirme en la ciénaga cada vez que me siento mal o tengo una desilusión.
Esta es mi gran vulnerabilidad, mi talón de Aquiles. Es un problema muy serio que acecha a cada paso en falso. Septiembre tiene razón: son nuestros monstruos. El mío es el espectro de un perro negro.
Este año por fin me he recuperado de una sucesión despiadada de depresiones aberrantes. Por eso es esencial que venza el vértigo que me supone el sufrimiento, la negación del yo, y no pierda de vista mi identidad creativa porque llevo toda la vida cincenlándola, y se compone de compartimentos estancos muy precisos que he de libar y proteger. Tengo que escribir y tengo que filmar. No puedo marcharme de aquí sin haber conquistado este monstruo, porque no tendré confianza en mí misma cuando esté en Londres. Tengo que empezar ya. Ahora. Es preciso. Es completamente esencial. Forma parte de Ítaca, y no espera.


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