No es hasta que me pongo a escribir y transcurren unos minutos, que comienzo a sentirme más acompañada y relajada. Antes de eso, a veces tengo una sensación de alienación con respecto al mundo y a mí misma. Y me alegro mucho de haber decidido recientemente dedicarle más tiempo a mi escritura como terapia para el subconsciente, porque noto que está dándome resultado. Es un reconocimiento cada vez más definido de quién soy y sobre qué bases me sustento, cuáles son las razones del corazón, cuáles son las contradicciones, las disyuntivas.
Hace mejorar mi espacio mental, emocional e intelectual de forma paulatina, escalando peldaños pasito a pasito, asentándose con fuerza sin hacer ruido, para que realmente el efecto tenga calado y trascendencia, y no sea sólo una explosión fatua de aparatosos fuegos artificiales de bienestar que se apagan tan rápido como aparecen si durante unos días no los enciendo, o si la noche no es estrellada. Como es el caso de tantas cosas que hago que no son suficientes, aunque puedan ocupar mucho tiempo en mi vida.
Cuando estás tan cerca de tu subconsciente, de la armadura de tu soledad, de las yemas de tu mente que exploran y palpan la realidad tal y cómo la percibes, se produce un reconocimiento veraz y duradero de tu verdadera ubicación. Y hay que dedicarle el tiempo: es una actividad intensa que hay que practicarla y perfeccionarla durante toda la vida.
Me doy cuenta ahora de que me he perdido a mí misma por el camino tras las graves presiones a las que me sometía para ser una versión mejorada de mí misma, para alcanzar la meta de mi potencial y aún más allá, al vivir en algunas de las ciudades europeas que más te exigen a cambio de la gloria, del éxito; cuya contrapartida al esfuerzo era a veces más bien un aderezo que una ganancia en términos absolutos.


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