Mi ordenador dice que hoy es Monday, pero mi cuerpo sigue adherido a este domingo. Es quizás una de esas noches en las que tu adn te exige una protección y arrullo mamíferos. No lo sé.
Sin embargo, se me cierran los ojos; pero esta cabecita loca no termina de caer. Es como si estuviera a la espera. Tal vez mis recuerdos me están jugando una mala pasada y me obligan a estar viviendo otra noche, en otro lugar, tal vez con ella. Siento que el llevar todas estas interminables horas sin escuchar su voz, ansiando hacerlo, me hayan programado, me hayan adelantado a un futuro que no ha llegado, ni llegará, a un deseo inexorable de algo que se le ha escapado a mi destino.
Desde hace varias semanas mi portátil está rugiendo con una constante actividad del disco duro. No he conseguido arreglarlo todavía. Es como si se hubiera acoplado a mi mente exhausta por pensamientos y sentimientos imparables.
Voy a tener que marcar en mi agenda este comienzo de agosto como aciago, y tan sólo acaba de empezar. Mi compás de espera es como un cursor intermitente que me obliga a avanzar en movimientos retráctiles, en constante marcha atrás. Tal vez por eso sólo estamos a seis de agosto, cuando debería haber pasado más tiempo.
La ambigüedad de la situación con Septiembre en los últimos seis meses ha acabado por crearme un desdoblamiento de personalidad en el que lucho contra mí misma, y todo lo demás cae bajo el fuego amigo como daños colaterales.
Hoy he pedido a varias personas que me quieren que miren dentro de mi mente, por favor, dentro, no me aconsejéis desde vuestro punto de vista, intentad ver lo que sucede en mi cabeza, para que me dijeran lo que tengo que hacer. Todo lo demás, lo que han intentado, no me convence; he llegado a estar de acuerdo, pero no me convence. No puedo convencerme.
Por eso he comprado un billete para ir a Londres la semana que viene, y que ella me diga que todo ha terminado. Que me lo diga a la cara, mirándome a los ojos, honestamente; que sea ella quien me ayude a tomar esta decisión. Es muy difícil separarse de lo que sólo entendemos nosotras, en lo que sólo participamos nosotras, y ser rescatadas por alguien de fuera. Nos hemos metido tanto en la cabeza la una de la otra, hemos confiado nuestros sentimientos a la literatura, hay tanto en común, teníamos tantos planes, que necesito desesperadamente hablar con ella, y que sea ella quien me diga lo que vamos a hacer. Pero que me lo diga a la cara. Es la exigencia con la que el adn mamífero me ha secuestrado la voluntad.
No puedo soportar más los chats, los emails, las llamadas de teléfono entre Septiembre y yo: siempre estamos desfasadas la una con respecto a la otra, no coincidimos en el mismo espacio sentimental, y yo sufro con las inconsistencias de esta separación manipuladora.
Es la única manera de que luego volvamos a encontrarnos. La estoy ahogando, lo sé; no nos permitimos libertad para recuperarnos de estas crisis nerviosas encadenadas. Ahora más que nunca sé que pase lo que pase yo estaré ahí aguardando su regreso si conseguimos distinguirnos primero.
Es como el extrañamiento de dos gemelas, en la que una anhela la comunicación con la otra sin saberlo. Septiembre ahora finalmente se ha desvinculado, y necesito que me lo diga, que pase este mal trago, que lo haga por nosotras o por mí: que lo haga por mí.
Éramos dos delfines: nunca íbamos a separarnos.


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