domingo, 5 de agosto de 2012

Metal


Me ha dicho que el anillo en realidad no era nada más que metal. Metal derrotado y perdido en alguna calle de Madrid tras arrojarlo ritualmente junto con el pendiente de Ámsterdam desde la ventana de la casa de mi madre. Y con su falta, ahora no acarreo tampoco la ilusión de los últimos años, la confianza de ser las dos una.

Ahora Septiembre le habrá dado un anillo a la nueva chica, que no será sólo metal.

Desde ayer me he dado cuenta de que de vez en cuando todavía intento rozarlo con el dedo índice de la otra mano. Lo hago sin darme cuenta, de manera instintiva y en movimiento circular, vivíparo, tierno. Y ahora me encuentro rozando la piel de mi mano en vez de su caliente y pura suavidad de plata, y mi cuerpo reacciona ante eso con extrañeza. Nunca he sabido que tocaba mi anillo tan a menudo, y ahora siento que cuando lo echo de menos me falta al respirar el soporte del siguiente trago de aliento. Todo forma parte del corazón roto.

Sigo mirando la calle donde lo tiré, supongo que algún día echaré de menos hacerlo. 

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