Sin embargo hoy no he dejado de reflexionar. He estado hablando y escribiéndome mucho con mi amiga B. de Londres, y me doy cuenta de que el hecho de que me conozca desde hace tiempo, desde que éramos mucho más jóvenes, es muy importante para entenderme (para entendernos). Y ese es el espacio íntimo que deseo compartir cuando esté con alguien en el futuro: el de no tener que probarme a cada paso, sino el de resultar cada vez un amor más interesante porque ya sabe de dónde vengo, cómo he llegado hasta aquí. Cada una de nosotras hizo algo diferente para finalmente compartir el mismo espacio. Hay algunas personas que no me absorben como una esponja de fregar como si fuera agua sucia, sino que me hacen brillar, me hacen sentirme lúcida y tranquila, válida y reconocible.
He de decir que en España no me siento en absoluto validada; mi personalidad se funde con la identidad de extraña, familia, compañera de trabajo, y se anula, no cuenta, es como cubrir el expediente sin haber siquiera estado allí. Tengo personas a mi lado que me quieren, pero no me siento en casa, sino lejos de todo, fuera de todo, desacompasada, desligada. En Londres mi espacio vital es maleable, me encuentro, me siento, me reinvento, me muevo, me comunico.
Me cuesta mucho trabajo estar aquí, y, sin embargo, este es el destino que me espera. La gente a quien más quiero está aquí en mayoría, y aunque hay cientos de personas que me querrían tener en Londres, y yo quisiera estar allí, a mi destino no parece importarle esto. Tengo una ligera idea de que en el futuro será posible armonizar mi vida en ambos sitios; cómo, no lo sé, pero parece inevitable.


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