Me va a echar una mano con la limpieza y orden de la casa; pero eso es más que mera rutina. Mi pequeña Mary Poppins viene al rescate, y el ayudarme con la casa supone el apartar de un manotazo una de los nubarrones más turbulentos, más dañinos, más turbios.
Significa sacar a Excálibur de la piedra y blandir su hoja brillante para enfrentarse a mis miedos más oscuros y persistentes. Y que lo haga en mi nombre otra persona, alguien que me quiere y me comprende, es llevarme en sus brazos hacia delante cuando mis fuerzas flaquean: es mostrarme la salida, donde la luz me llama para mecerme en su tibia claridad. Es acompañarme y mostrarme el camino hasta que pueda recorrerlo sola. Es protegerme en la retaguardia, mirar por mí; estar preparada a derrotar a cualquier enemigo que intente perseguirme y atacarme por la espalda.
Y me ayudará a encontrar el héroe que reside en mí.
Es prometerme en el adiós con una sonrisa esperanzadora y tranquilizante que volverá si vuelvo a necesitarla, que se adelantará a mis tribulaciones, que mis monstruos no volverán a acercarse a mí. Y yo la despediré desde lejos y podré seguirla con la mirada porque su armadura plateada brillará potentemente como si todos los rayos del sol se reflejaran y su destello no se alejara nunca.


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