viernes, 16 de noviembre de 2012

Héroes


Hoy M. está en Madrid y viene a verme. La recibo expectante y con ilusión porque sé que me va a ayudar a recuperar cierta lucidez que ahora necesito desesperadamente. Viene a escucharme, a hablar y a hablarme de mí. Va a orientarme, hacerme sentir válida en mi simplicidad y en lo complejo. Su mera presencia, su calor humano, su sentido del humor, que le permite reírse conmigo de mis propias bromas, va a servirme de alivio, de rescate. Me siento una náufraga que avista el barco que la volverá a dirigir en ruta con las indicaciones de su antiguo cuaderno de bitácora. 

Me va a echar una mano con la limpieza y orden de la casa; pero eso es más que mera rutina. Mi pequeña Mary Poppins viene al rescate, y el ayudarme con la casa supone el apartar de un manotazo una de los nubarrones más turbulentos, más dañinos, más turbios. 

Significa sacar a Excálibur de la piedra y blandir su hoja brillante para enfrentarse a mis miedos más oscuros y persistentes. Y que lo haga en mi nombre otra persona, alguien que me quiere y me comprende, es llevarme en sus brazos hacia delante cuando mis fuerzas flaquean: es mostrarme la salida, donde la luz me llama para mecerme en su tibia claridad. Es acompañarme y mostrarme el camino hasta que pueda recorrerlo sola. Es protegerme en la retaguardia, mirar por mí; estar preparada a derrotar a cualquier enemigo que intente perseguirme y atacarme por la espalda. 

Y me ayudará a encontrar el héroe que reside en mí. 

Es prometerme en el adiós con una sonrisa esperanzadora y tranquilizante que volverá si vuelvo a necesitarla, que se adelantará a mis tribulaciones, que mis monstruos no volverán a acercarse a mí. Y yo la despediré desde lejos y podré seguirla con la mirada porque su armadura plateada brillará potentemente como si todos los rayos del sol se reflejaran y su destello no se alejara nunca. 

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