Es extraño, cuando quieres creerte algo, cuando quieres que lo que te imaginas se haga realidad, o, mejor dicho: que lo que haces sea realidad, es necesario convertirte en una dinamo que simplemente lo ponga en marcha y en práctica, sin dudas, sin ponerte a reflexionar demasiado pronto sobre si fue o no una buena idea decidirse; sin querer ponerlo a prueba todavía, sin buscar resultados en seguida, sin dejarte abatir por la sensación de no ser muy buena en lo que haces, porque tal vez por esa falta de talento no vale(s) la pena el esfuerzo y el sacrificio que estás haciendo, o el ilusionarse.
Tienes que tener muy claro que quemaste tus naves por una intuición, una certeza, una idea válidas, y que ahora no vas a empezar a traicionarte al primer silbido de aire gélido que te destape. Para creerte lo que estás haciendo tienes que hacerlo hasta que sea un hábito, una dependencia, un rasgo de normalidad.
Tienes que convencerte de que el sabor a polvo en la boca es normal, los ojos secos son normales, el cansancio atroz es normal, el perder el tiempo con algo que debería ser sencillo y que se está complicando, es muy normal; la incapacidad de que otras personas entiendan qué y por qué lo estás haciendo, es también bastante normal; que los primeros frutos obtenidos sean chapucerillos, decepcionantes, y el que tu cansancio no te permita darte cuenta de que lo que haces tiene calidad, es así: normal. Que no cumples tus plazos, que lo que haces no parece tener futuro, que no lo estás siquiera planteando como un futuro en el sentido productivo de la palabra, y que eso no importe, es normal, normal, normal.
Tienes que dejar de lado la ideas de esperanza, sueño, ilusión, etc. No del todo apartadas, pero lo suficientemente lejos para que no te acaramelen demasiado el espíritu; para que no pienses que en realidad te estás engañando porque no escuchas de fondo la musiquita de Disney. Si te metes, métete a fondo.
Es lo contrario a esperar.
Tienes que tener muy claro que quemaste tus naves por una intuición, una certeza, una idea válidas, y que ahora no vas a empezar a traicionarte al primer silbido de aire gélido que te destape. Para creerte lo que estás haciendo tienes que hacerlo hasta que sea un hábito, una dependencia, un rasgo de normalidad.
Tienes que convencerte de que el sabor a polvo en la boca es normal, los ojos secos son normales, el cansancio atroz es normal, el perder el tiempo con algo que debería ser sencillo y que se está complicando, es muy normal; la incapacidad de que otras personas entiendan qué y por qué lo estás haciendo, es también bastante normal; que los primeros frutos obtenidos sean chapucerillos, decepcionantes, y el que tu cansancio no te permita darte cuenta de que lo que haces tiene calidad, es así: normal. Que no cumples tus plazos, que lo que haces no parece tener futuro, que no lo estás siquiera planteando como un futuro en el sentido productivo de la palabra, y que eso no importe, es normal, normal, normal.
Tienes que dejar de lado la ideas de esperanza, sueño, ilusión, etc. No del todo apartadas, pero lo suficientemente lejos para que no te acaramelen demasiado el espíritu; para que no pienses que en realidad te estás engañando porque no escuchas de fondo la musiquita de Disney. Si te metes, métete a fondo.
Es lo contrario a esperar.


0 Comments:
Post a Comment