Y todo aquello que no queda dicho queda atrás. Se podrían crear nuevos recuerdos, enraizar nuevos árboles, trasmutar su sentido y caramelizar el transcurrir de los días. Pero eso no quiero hacerlo. Quiero arrancarle minutos al papel secante, tránsitos a lo inaceptable, a lo inacabado, a lo que me paraliza. No quiero crear un altar de sus cenizas, ni recogerlas hasta que los dedos sangren. Deseo simplemente desplegar los planos y el sextante, encontrar las coordenadas en las que me equivocaba y me perdía, crear nuevas rutas entre el ayer y el ahora y hacerles paso.
Nadie va a ser testigo de este viaje, de los peces voladores que coletearán en el aire como salmones para recibirme mientras navego. Es una gran viaje en busca de todo aquello que quedó por decir, que se acurruca y reposa como las caracolas encharcadas en la arena, esperando a que beses el borde de su blanca espiral y produzcas un sonido, como el de un faro que te avista y te protege. Menos mal que todavía puedes disgregar con los dedos las decisiones posadas en sus semillas de arena húmeda. Menos mal que es así como quieres vivir tu vida.


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