Te marchas y la lluvia arrecia. Estás sola y miras desde el borde del techo donde te resguardas; podrías añorarla, pero te resistes con un golpe de voluntad. Esperas a que el cielo escampe, a que las nubes se calmen y retrocedan en sus enojos.
La lluvia cae y redondea los charcos que se anegan y sufren el volumen de su vientre hinchado. Las gotas ya no te producen remolinos de conciencia, y te preguntas si tú tampoco tienes miedo para mirarlas.


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