Los pensamientos se tropiezan, acuden los unos a los otros. Se enhebran en filas que la soledad convierte en comentarios sobre el paso del tiempo.
Todas esas conversaciones contigo misma crecen y se convierten en árboles fibrosos, contorsionados como los olivos, insuperables en belleza, transidos por emociones íntimas que no se han desvelado.
A cada pausa florece un párrafo en vez de un capullo, a cada lágrima vuela el ruiseñor a tu lado esperando a que te enamores para entregarte el caudal que brotará de su pecho para teñir una rosa blanca y traslúcida con la sangre más roja que has visto nunca.


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