No había muchos sitios a los que acudir. La decisión era inminente.
La luz era sabia y no se desgastaba impacientemente. En el fondo la calma chicha la habían predicho los submarinos. Los peces estaban perdidos y parecía que sus escamas se despegaban como virutas de lágrimas.
Y la vela se izaba, el ritmo era el justo. La narración de esta historia lamentablemente no tiene final predecible.


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