La amalgama de aire cobrizo lo unificaba todo. Y todo pesa, todo movimiento cuesta, como si la mismísima deriva estuviera sincronizada.
Ah, falta poco por decir. Esta vez la historia no se repite ni se gesta en el horizonte como los mitos de abordajes de sirenas embadurnadas con la luz lechosa de la luna. Todo está dicho y allí me encontraba yo, y puedo testificarlo. Me perdí pero no me dejé llevar: ignoré el paso de los días, el azote de las corrientes cruzadas, los calambres musculares que debido a la debilidad y la falta de movimiento me hacían temblar.
Dormía sin parar como en un delirio callado, hipnótico, y así conseguía que los minutos se rezagaran aún más. Es que no quería pensar en nada, sólo en encontrar ese momento en que me olvidara de mí, dejar de darle vueltas a las cosas para desembarazarme del tren de recuerdos y olvidarme del futuro.
Estaba preparada únicamente para volver a empezar.


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