Aquí estoy otra vez, aislada y malherida, con la cabeza agujereada, sin saber utilizarme, sin futuro, envuelta en miedos y temores, con el ánimo retorcido y el cuerpo encogido y dolorido. Los meses anteriores en los que pude sobrevivir lo más duro fue gracias a la unidad de la familia. Ahora me siento un elemento destructivo en una familia de nuevo a la deriva. Son dos caras de la moneda muy diferentes, una arropada y caliente, luchando contra la adversidad; otra desnuda y alucinada, apartada y al rojo vivo. No entiendo cómo hemos podido llegar hasta aquí.
¿Cómo ha empezado todo esto? El dolor que no compartes, el dolor incomprendido se desata como un vendaval que calcina lo que lleva a su paso, lo que le rodea y acompaña durante hace años, los paisajes comunes, incluso lo que de forma cotidiana te ha dado apoyo y seguridad. Yo creo que lo he agitado, y me ha explotado entre las manos. No era sólo mi dolor, aunque lo siento dirigido hacia mí con toda su fuerza como un obús que finalmente ha detonado, porque su destino, su razón de ser era estallar y causar el mayor daño posible. Después de todo alguien lo ha dejado allí para eso, y no importaba si la cosa iba a suceder más tarde o más temprano.
Me pregunto hasta qué punto podría yo de nuevo esconder mis manos quemadas y ensangrentadas y emprender una labor de reconstrucción. Pero el precio es volver a recibir una buena dosis de incomprensión pura, inalterada, sin adulterar, y mantener el corazón en un puño. Porque todavía hay zonas donde no crece la hierba, donde te desesperada la nada de la indignación, la expresión de la injusticia impune, tu rebelión secuestrada, el ácido que emanan las agresiones.
Parece una quimera estúpida el querer redimir, exorcizar, buscar el grito común, la promesa colectiva de no volver a caer en la destrucción, en la escarcha. No se puede siempre sólo enterrar a los muertos, a los caídos, a las víctimas, a los culpables, también hay que reunirse y comprometerse a dar sepultura a aquello que nos hace daño, no regenerarlo sino desmembrarte de ello, renunciar, repudiarlo. Nadie te va a poner una medalla por querer hacerlo, pero te gustaría que todo el mundo estuviera de acuerdo para hacerlo, que tuviesen la voluntad, la necesidad.
Las serpientes siguen revolcándose en sus nidos esperando la llegada de la oscuridad para hacer sus expediciones nocturnas y visitarte para causar daño, deshacer con sus sueros cáusticos el tejido familiar, fulminar las ilusiones recién nacidas. A veces las serpientes se materializan en personas, en actitudes; a veces el dolor y el rechazo a su mordisco es un grito que doy en la oscuridad del día, donde nadie te oye, donde ruge el frío y el viento te apelmaza la piel, donde te crujen los huesos porque no tienes donde reposar. Por lo menos sabes lo que está pasando.


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