domingo, 26 de mayo de 2013

Palos de ciego


Hoy acompañé a una mujer ciega a cruzar la calle. Cuando llegamos al otro lado de la acera la vi alejarse con paso inseguro y un movimiento errático de su bastón. No sabía tantear con facilidad los inciertos obstáculos, y constaté con inquietud cómo apenas acertaba a superar las pequeñas irregularidades del paso de cebra. A continuación se chocó con una moto aparcada al lado de la parada del autobús que quería coger. Es domingo, y la calle estaba prácticamente desierta. 

Me alejé con un sentimiento de intranquilidad, y en seguida pensé que yo, abocada a esta brecha que se cierne frente a mí, estaré dando pasos de ciega para tantearla, acaudalar suficiente energía y recuperarme. Mi conocimiento de las rugosidades y superficie de este abismo va a ser fundamental para salir. 

Sé los motivos que me han llevado hasta aquí: se trata de cierta predisposición genética a los altibajos en momentos de estrés, pero todavía no tengo en mi cabeza el mapa del territorio. La orografía parece variar cada vez que abro los ojos. En un momento determinado sabes que los lestrigones y los cíclopes existen, te lo dicen los libros, los ves reflejados en las láminas con su indumentaria tenebrosa; pero al día siguiente, las nubes se han emborronado y cargado de lluvia cenicienta, y te los encuentras casi enfrente, como si hubieran salido de la nada, y tú no te has preparado una salida, un apoyo en la retaguardia. 

Hoy me siento aquí, ignorando aquellas cosas que no puedo abarcar, que, aunque pequeñas, para mí son un mundo a conquistar, y me agarro a lo único que no puedo permitir que desaparezca: mi escritura, mis intentos por comprender el mundo interior y el exterior, la esperanza de que esta próxima batalla no sea demasiado larga ni me agote durante demasiado tiempo.  

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