sábado, 4 de mayo de 2013

Ítaca ...

Los murmullos estallan como la frescura de la hierba recién cortada, y es difícil encontrar tu sitio si ha habido marejada, si te escondes, si te desguazas a la deriva. 

Te sientes alucinada, perdida, retornada a la oscuridad, a la inactividad, al miedo de no ser nada ni ser nadie. 

No tienes ganas de ponerte de pie, ni de hablar, ni de conversar, ni de estacionarte. No eres nada ni eres nadie. 

No quieres resaltar, no quieres aliarte, no puedes soñar, no quieres moverte, no esperas sentir. Quieres estar fuera de ti, en terreno seguro que no sea peligroso, donde nadie te observa ni te hiere, donde no te dejan para luego ni te hacen rendir cuentas. Donde los días sean lo más largos posible y que no clame el paso de la noche al día con nuevas exigencias. 

Te sentías ilusionada por vivir un nuevo despertar. Ahora lo temes y no quieres que nadie lo sepa. Quieres estar sola, ser libre, escaparte de las responsabilidades, trazar rutas misteriosas donde no te contengan. Y serás una huella en la memoria de otras personas, como la mancha de una impresión lejana. 

No le hablas a nadie al oído, no expresas tu interior, no sabes domar tus demonios. Paulatinamente te alejas de la costa y te mueves a la deriva a la espera de retomar tu rumbo a Ítaca. 

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