El punto de gravedad de cada persona es difícil de estimar. Yo ahora me siento un isósceles, como el triángulo que ordena las bolas de billar, y la bola negra está colándose todo el rato por la esquina. No camino hacia el frente, en realidad parece ser que una parte de mi mente está de perfil. En todo caso el tener la calle, el aire, el espacio, la gente enfrente mío no me hace sentir nada sólido alrededor. Es como si flotara, pero como un metal pesado, tal vez como el mercurio.
Ya no veo el mundo de la misma manera, y estoy empezando a entender de nuevo a quien encierro yo. El ruido del tráfico no tiene ningún sentido, la prisa de la gente, su atuendo, los pequeños enfados. Parece como si estuviera en una realidad paralela donde soy al mismo tiempo porosa y resbaladiza. Ya no quiero aparentar nada, no quiero explicarle a la gente mi vida; no sabría por dónde empezar, ni terminar. El pasado ha tomado al presente de rehén, y el futuro de repente es una gran incógnita ahora que lo que ha pasado era inimaginable.
Es como llevar un traje de buzo pesado y anclado, encontrarte aislada del mundo, escuchando todo como por un filtro que lo amortigua y lo vuelve más silencioso y lejano. No te apetece creerte el gran teatro del mundo, es una historia vociferada que se repite desde siempre como si la realidad se tratara de un campo de fútbol o una cárcel. Ese mantra constante que te han hecho creer en mundo el que has nacido para tener todo lo bueno, para buscarte la vida, para conseguir cosas. Estoy de acuerdo con este planteamiento en parte, pero no creo que nos hayan preparado para separarnos, para apartar la gente de nuestro lado y cerrar la puerta con llave después de llevársela.
No sé cuánto tiempo estaré en este estado, o si saldré de él completamente. Me pesan los párpados y desde esa pesadez tardo un poco más en distinguir las formas. Mi reacción hacia lo que sucede fuera está ralentizada. Me siento más lúcida, aunque no termino de consolidar verdades ni opiniones que me ayuden a continuar lo que me queda en este trayecto de mi vida. Parece que estoy en un viaje subterráneo al centro de la tierra dentro de mi cabeza.
Hoy he llegado a mi casa y he parado ahí un rato para coger unas cosas; desde que murió mi hermano no he pasado mucho tiempo seguido en ella. Estaba sentada en el suelo arreglando unas cosas del ordenador y sentía como si el techo estuviera muy, muy lejos. Al entrar al baño observé el tenderete con mi ropa colgada y seca. Todas estas cosas parecían residuos de memoria, acciones realizadas en un tiempo pasado por alguien que era yo pero que ahora no me parece la misma persona. Al marcharme eché una última ojeada y cerré la puerta hacia fuera, como si yo fuese la persona que se queda fuera de toda esa vida que he dejado atrás.
Ya no veo el mundo de la misma manera, y estoy empezando a entender de nuevo a quien encierro yo. El ruido del tráfico no tiene ningún sentido, la prisa de la gente, su atuendo, los pequeños enfados. Parece como si estuviera en una realidad paralela donde soy al mismo tiempo porosa y resbaladiza. Ya no quiero aparentar nada, no quiero explicarle a la gente mi vida; no sabría por dónde empezar, ni terminar. El pasado ha tomado al presente de rehén, y el futuro de repente es una gran incógnita ahora que lo que ha pasado era inimaginable.
Es como llevar un traje de buzo pesado y anclado, encontrarte aislada del mundo, escuchando todo como por un filtro que lo amortigua y lo vuelve más silencioso y lejano. No te apetece creerte el gran teatro del mundo, es una historia vociferada que se repite desde siempre como si la realidad se tratara de un campo de fútbol o una cárcel. Ese mantra constante que te han hecho creer en mundo el que has nacido para tener todo lo bueno, para buscarte la vida, para conseguir cosas. Estoy de acuerdo con este planteamiento en parte, pero no creo que nos hayan preparado para separarnos, para apartar la gente de nuestro lado y cerrar la puerta con llave después de llevársela.
No sé cuánto tiempo estaré en este estado, o si saldré de él completamente. Me pesan los párpados y desde esa pesadez tardo un poco más en distinguir las formas. Mi reacción hacia lo que sucede fuera está ralentizada. Me siento más lúcida, aunque no termino de consolidar verdades ni opiniones que me ayuden a continuar lo que me queda en este trayecto de mi vida. Parece que estoy en un viaje subterráneo al centro de la tierra dentro de mi cabeza.
Hoy he llegado a mi casa y he parado ahí un rato para coger unas cosas; desde que murió mi hermano no he pasado mucho tiempo seguido en ella. Estaba sentada en el suelo arreglando unas cosas del ordenador y sentía como si el techo estuviera muy, muy lejos. Al entrar al baño observé el tenderete con mi ropa colgada y seca. Todas estas cosas parecían residuos de memoria, acciones realizadas en un tiempo pasado por alguien que era yo pero que ahora no me parece la misma persona. Al marcharme eché una última ojeada y cerré la puerta hacia fuera, como si yo fuese la persona que se queda fuera de toda esa vida que he dejado atrás.

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