lunes, 25 de noviembre de 2013


Esta mañana quiero escribir con las palabras que destilen más intensamente del alma, aunque el cuerpo lo tengo asediado por el presagio del invierno temprano. Y mi conversación es una tanda de fogueo, intento recuperar el recorrido de mi interlocución interna y a veces no recuerdo en qué consiste la desnudez del pensamiento.

Escribir sobre no escribir parece un lujo premeditado. No debería convertirse en un hábito, pero es un paso intermedio que no puede saltarse para acercarte a la lucidez creativa. La ficción es un territorio marcado en busca de un fin, aunque tan sólo se trate de la descripción del personaje y su circunstancia tanto en las historias mínimas como en las épicas. Pero el dulce control de tu vulnerabilidad que estableces no siempre es accesible.

Las mañanas te permiten esa mediación más de cerca, y te esfuerzas a emplazarte a relatar tus intermitencias en un forjado interno. El mero hecho de avanzar en un espacio en la página parece un logro, un redimirse ante tu ansia, un despegue en tu búsqueda hacia la narración de ese castillo, ese ágora, el terreno abonado de tu introspección.

El canto del cisne que se prolonga hacia el infinito es tu meta, tu destino. El perfil de la maquinaria imposible, las emociones inconfesables, ácratas, tu intersección con ellas. Escribir sobre no escribir es la descripción de tu frenar en seco, de tu reacción inmediata, tu integración con la realidad más innata, la sabiduría inusual de aquellas personas que narran, que siempre han narrado.

He explorado el terreno, pero no siempre me resulta familiar porque el territorio es escarpado y el tránsito errante. Intento condensar en reflexión los puntos de apoyo, de permanencia, y esto me permite decir que escribir a veces es un tránsito transparente, un recorrido fluido, pero otras veces es el movimiento seguido a la parada, la permutación de raíces que hay que desenterrar y explorar con las yemas de los dedos hasta llenarte las uñas de tierra, escarbando ante la incertidumbre de tus dudas y preguntas, soportando la intermitencia.

Ahora podría acabar la frase en cualquier momento y retirar la página, pero no debo. Mi mente no encuentra consuelo pero conoce sus obligaciones y necesita emprender la escritura diurna, ya que se encuentra en riesgo de encallarse en la protesta durante el resto del día. Me resisto a pensar que durante todo este tiempo que se ha adelantado al momento actual, estas horas que preceden a este mismo instante, no se haya gestado un movimiento de tierras lo suficientemente intenso para ser detectado por el medidor más sutil y sensible. Sé que he pensado mucho, que me he planteado múltiples cuestiones, que he diseccionado un número ingrávido de sensaciones detalladas, y aunque sólo se tratara de encontrar un objeto de flotación me doy por satisfecha.

Las ficciones se acomodan a tu estado de ánimo, pero también se dejan seducir por el apresto matutino. Éste es el momento en el que mundo gira, bosteza y se despereza en estiramientos, y también el establecimiento de tu plazo de entrega.

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