miércoles, 30 de enero de 2019

Noche y la deuda del día


Esta noche no escribo con tranquilidad. Es como si el día de mañana ya hubiera salido de la caja de truenos y se estuviera apoderando de la creatividad, de las posibilidades de lo que todavía es esta noche. He dejado a mi madre un poco tirada y a mi hermana también. No sé lo que pensarán mañana, por eso el día de mañana está vociferando en mi oído. También porque estoy cansada y no estoy segura de que podré descansar con tranquilidad. Lo voy a intentar. 

A pesar de que este día he protestado mucho y me he atacado con todo tipo de cosas, no es un día menos espiritual que cualquier otro. En el momento que pongo el punto de mira en el presente, en el ahora, ya el día forma parte de la realidad consciente y de mi lucidez. No me gusta utilizar estas palabras, pero no consigo sacar muchas palabras que puedan hablar de esto. Lo que quiero decir es que todos los días son igual de brillantes y de luminosos. Esa luz a veces es cegadora, pero siempre está ahí. Es como una luz que surca los minutos y las horas de forma oblicua, y no se observa a primera vista. Y cuando parece que encalla, es cuando es más brillante entre frecuencias.

He reflexionado mucho hoy sobre lo que supone entrar en contacto con el espacio más real, más directo, más vivo, más acallado, más contenido. Sigo sin poder relacionarme del todo con este espacio, aunque esté en mí y pase por mí, y yo pase por él. Intento hacerme eco de su existencia, y creo que el mejor momento es cuando decido no exhibirme, cuando puedo callar lo que sé, cuando me silencio mínimamente y me digo a mí misma que sí, que sé quién soy, pero que no es necesario que lo lance al mundo. Al hacer esto es como si escuchara una vibración límpida, como una llamada, un cierto aire de seguridad en mí misma o de seguridad en la vida. Es todavía una sensación muy joven, muy fugaz. Pero a veces la siento y me gusta. 

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