viernes, 6 de mayo de 2022

Malika


Malika sabía muy bien lo que estaba buscando: un pez, un besugo que cayera entre sus redes, y yo era la besuga: inconsciente, enamoradiza, aniñada. La perfecta víctima para la tormenta perfecta.

Carol, su compañera de piso, le había advertido a Malika muy seriamente de que no se atreviera a tocarme. Y además Carol, antes de irse a Ámsterdam para avituallarse del éxtasis que luego vendía en la noche londinense, me había dicho a mí que tuviera cuidado con Malika, porque tenía la mala costumbre de robarle a Carol sus novias. A ver, yo no era novia de Carol sólo por haber metido sus manos en las rajas deshilachadas de mis vaqueros el sábado anterior, pero sí nos habíamos besado durante un rato, luego me había llevado a su casa, y yo me sentía fascinada por su tez morena y perfil perfecto, y ese aspecto de nativa norteamericana.

Pero Malika me vio al día siguiente por la mañana mientras yo estaba sentada en las piernas de Carol hablando tras el desayuno, y me lanzó una mirada que sentí como desafiante. Aunque fue muy rápido, la vi un minuto … lo recuerdo en cámara lenta: básicamente con ese gesto barrió mi parapeto, y me arañó el corazón en ese momento.

Así que dos días más tarde ahí estaba Malika esa noche, con su chaqueta de Jean-Paul Gaultier color azul marino metálico y brillante, con sus rizos apretados en su corona de cabello corto, con su boca preciosa y su sonrisa arqueada, y esos hombros, brazos, manos que eran el arquetipo absoluto de la atracción y la sensualidad.

Mucho después me di cuenta de que su vaso con vodka and Orange era un accesorio permanente en sus manos al salir por la noche; pero a los 21 años, recién salida del armario, yo no sabía leer ninguna de las señales con las que el universo me advertía del peligro. 

Le robé su bebida, y lo creáis o no, bebí alcohol por primera vez aquella noche. Supongo que quería llamarle la atención. Malika protestó sorprendida y se columpió en sus palabras ese acento francés endemoniado que me atraía aún más a su piel biracial de impronta argelina, a su sonrisa amplia, a la nube de sudor escondida en sus axilas que finalmente me rodeó en un baile lento con el que decidió apretarse a mi cuerpo en esa noche donde acabamos fundidas con el recuerdo de la música en su cama de sábanas blancas interminables. 


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