jueves, 22 de marzo de 2012

Imprescindible



Todos estos pequeños acontecimientos inesperados de tu propio cuerpo, el paso de las horas con planes y ritmos telúricos a los que sólo puedes subirte por los pelos, como a un tranvía que se marcha sin esperarte. Esas interacciones de tu cuerpo con el mundo en movimiento, la gravedad invertida, la energía electromagnética envolvente, la necedad de los olores, acaban siendo reflexiones que te haces para entender algo. 


Te dices que por lo menos esta vez las horas vienen solas, y tú te dejas llevar por su ritmo a veces frenético como una ducha en la que no quieres gastar agua, y a veces indeciso, lo que te sorprende, porque tus horas son un ejército de minutos completamente abastecido y disciplinado, que marcha con firmeza, con los talones hincados sobre el tiempo. 


Últimamente te dejas llevar, incluso aunque se te acumulen las impresiones como piedras que se amontonan las unas sobre las otras en tu cerebro y te aturden con el ruido al producirse la avalancha. Los ecos de este sonido son como pistones ardientes que te trituran la cabeza y te crean un amasijo de pensamientos estancos en una cápsula cubista. Sabes que están allí, pero tienes que esperar a que se te pase este impresionante dolor de cabeza para hacerlos madejas y estudiarlos en detalle. Por supuesto, para ello tienen que pasar un mínimo de diez o doce horas de descanso.


Hoy me he dado muchos cabezazos involuntarios contra la mesa al trastear debajo de ella con los ordenadores, las linternas, los cables, los ventiladores para enfriar el procesador que me cuelga el ordenador. Eran iniciativas vueltas del revés a las que su buena voluntad las convierte en baches.  

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